
Edición Sunset
Septiembre 2026
Sitio web sobre cine clásico, jazz y los artistas del pasado.
Todos los meses, una nueva edición.
Sergeant York (1941) – Howard Hawks

La otra batalla, sobre Sargento York
«I don’t think you can show a man’s character until you put him in a position where he’s got to make a choice.» Howard Hawks
Howard Hawks entendía el cine como una cuestión de decisiones. No de grandes discursos ni de personajes que expliquen quiénes son, sino de ponerlos frente a una situación en la que ya no pueden seguir esquivando aquello en lo que quieren convertirse. Sergeant York (1941) es en este caso uno de los ejemplos más claros de esa idea. Acá seguimos la historia de Alvin C. York, un joven granjero y tirador extraordinario que luego de una profunda transformación religiosa, se encuentra frente a una guerra que viene a sacudir sus convicciones. Entonces la película empieza mucho antes del campo de batalla, empieza en el momento en que York tiene que decidir qué hacer, qué camino tomar y qué persona ser.
¿Y qué sería de esta película –y del cine clásico en general, permitame decirlo- sin Walter Brennan? Es de esos actores secundarios que te levantan enseguida la escena, dándote un aire de verdad y calidez incomparable. Acá interpreta al pastor Rosier Pile, ese guía espiritual que confronta a York sin juzgarlo. Es imposible no pensar en Meet John Doe (de Frank Capra, estrenada el mismo año), donde Brennan también acompaña a Gary Cooper como ese amigo leal que lo hace frenar, pensar y reflexionar sobre la vida en momentos de pura incertidumbre. Esa química entre la ingenuidad noble de Cooper y la sabiduría terrenal de Brennan es pura dinamita emocional.
La gran reflexión del film alcanza su punto más alto cuando Alvin York sube solo a la cima de la montaña. Lleva un manual militar en una mano y la Biblia en la otra. El personaje se encuentra dividido entre el «no matarás» y el deber de proteger a los suyos. En manos de otro director, esa secuencia habría sido pura música melodramática o un discurso adoctrinador, pero Hawks usa la cámara como siempre porque su puesta en escena brilla gracias a una sobriedad desarmante. El lente se fija en Cooper y le da espacio para dudar. El viento, el contraluz del atardecer y la inmensidad del paisaje reflejan su tormenta interior. La cámara rueda un silencio que destella significado, en el que York decide dar ese salto de fe no por glorificar la violencia, sino por un deber ético que lo trasciende.
Pero la verdadera maestría de la película se consolida al final, cuando York regresa a su hogar. La forma en que Hawks filma la emoción de la madre (Grace Stafford) ante su regreso es de una sensibilidad extraordinaria. No hay un grado de histeria; hay una mirada, un abrazo contenido y una pausa que se siente en el pecho. Hawks filma el amor materno con la misma dignidad sobria con la que filmó la duda en la montaña. Y justamente es eso lo que hace tan emocionante al cine de Hawks. Sus personajes no terminan las películas siendo los mismos, siempre hay una conversión. Acá la guerra no solo cambia el destino de York sino que transforma la manera en que entiende todo en lo que cree.
Quizás por eso Sargento York sea mucho más que una película de guerra. Es una historia sobre la conciencia, sobre las decisiones que nos ponen a prueba y sobre ese momento extraño en que después de elegir ya no podemos volver a ser quienes éramos antes.
Elia Kazan


Por Celina Alba Posse
@capicomenta
El 7 de septiembre de 1909 nacía el escritor y director Elia Kazan y, en el que sería su cumpleaños número 117, recorremos y celebramos una filmografía que atravesó y conquistó a millones.
Short Cut to Hell (1957) – James Cagney


Por Cecilia Malacrida
Se dice que esta película es una imitación de segunda de la original, estrenada en 1942. A primera vista, esto puede ser cierto, pero las comparaciones son odiosas. A pesar de que se trata de una producción de bajo presupuesto, protagonizada por actores casi desconocidos, contó con la dirección de (nada más y nada menos) James Cagney. Y, solo por eso, vale la pena recordarla.
Parece que Cagney aceptó dirigir esta película como un favor, porque le habían dicho que sería un buen director, y que no cobró por su trabajo. Así es que nos presenta una versión de la novela »A Gun For Sale» de Graham Greene que es simple y directa. La historia comienza cuando Kyle, un asesino a sueldo, acepta un trabajo: debe matar a dos personas (una honesta y otra no tanto) para evitar que se destape un caso de corrupción. Sin embargo, cuando su empleador lo traiciona, su sed de venganza lo llevará por un camino inesperado. En ruta a Los Angeles, mientras escapa de la policía, Kyle se cruza con Glory Hamilton, una cantante de clubes nocturnos. En una parada no programada, lo que comienza como un robo y luego un secuestro deviene en una relación ambigua, casi de complicidad, de inesperada igualdad y finalmente de amistad, en la que Glory logrará, por un momento, que Kyle se enfrente a sí mismo y, quizás, a las consecuencias de sus actos.
La película se estrenó en el año 1957, y se nota que estamos frente a un noir tardío. Aquí no tenemos tanto de esa atmósfera oscura y casi expresionista que tan bien caracterizó al género y, si somos completamente objetivos, por momentos la película parece poco imaginativa y hasta estática. Pero, a veces, menos es más. Su enfoque, eficiente y agudo, es más que suficiente para transmitir de manera objetiva la frialdad de un asesino a sueldo que, muy a su pesar, recupera un poco de su humanidad.
Sin duda, todas las versiones de esta historia nos dejan con un asesino ambiguo, imperfecto, inolvidable. A Kyle le gustan los gatos y nada más: las personas le producen indiferencia y, para él, la vida no tiene sentido. La ropa le queda grande, como si se alimentara solamente con odio. Rígido, con un caparazón tenso, a punto de explotar, su pasado es triste y violento, así también es su presente, y así (inevitablemente) será su futuro. Todo lo reprime, salvo la sed de venganza. Sus únicas compañeras son su pistola y su navaja, y no deja rastros ni cabos sueltos. Solitario, vacío, roto, es su propia ley y no confía en nadie, hasta que se cruza con Glory. Esta mujer, que comienza siendo un seguro de vida para Kyle, se convertirá en algo más. Glory es fuerte e independiente, no le tiene miedo, lo desafía, lo mira de frente y a los ojos. Entre persecuciones, huidas, rescates y escondites, Glory pasará a cumplir un extraño rol de hermana mayor, de confesora, de amiga, y verá en Kyle lo que nadie vio nunca: las manos gentiles de un artista, lo que hubiera podido ser, tal vez en otra vida. Esa bajada de guardia, esa pérdida de control, ese momento de dejarse ver realmente, de ser vulnerable, de enfrentar su propia humanidad, aunque no sea suficiente para salvarlo, marcará a Kyle. Y, por un momento, este hombre condenado por su destino no estará solo.
El noir se caracterizó por mostrar ese contraste triste e inevitable entre la corrupción del mundo y lo que desean los personajes. Un sistema podrido que los hunde en una vida marginal de la que no se puede escapar. Una última oportunidad que es cruel porque es imposible: la maldad opresiva del mundo niega esa, y cualquier otra posibilidad de escape. Cagney era, sin ninguna duda, un experto en interpretar a este tipo de personaje, más arma que persona, duro, obstinado e implacable como el mundo en el que vive, y por eso no sorprende demasiado que del otro lado de la cámara también haya lograado transmitir esa búsqueda desesperada pero inútil, ese realismo fatal, esa crudeza directa, ese mundo lleno de traiciones y venganzas, esa redención que parece (y será) imposible, esos viajes que se hacen solamente con boleto de ida, como si ya se adivinara el final.
Esta fue la primera y última excursión de James Cagney detrás de cámara. Parece ser que se aburrió mucho dirigiendo y nunca quiso repetir la experiencia. Pero, por lo menos, nos queda esta película, cuya esencia parece recordarnos a muchos de sus personajes: esos que van de frente, dicen lo que piensan sin vueltas y sin filtro y, aunque no haya salida, se enfrentan de cara a su destino: a lo más crudo, sí, pero también a lo más real.Se dice que esta película es una imitación de segunda de la original, estrenada en 1942. A primera vista, esto puede ser cierto, pero las comparaciones son odiosas. A pesar de que se trata de una producción de bajo presupuesto, protagonizada por actores casi desconocidos, contó con la dirección de (nada más y nada menos) James Cagney. Y, solo por eso, vale la pena recordarla.
Parece que Cagney aceptó dirigir esta película como un favor, porque le habían dicho que sería un buen director, y que no cobró por su trabajo. Así es que nos presenta una versión de la novela »A Gun For Sale» de Graham Greene que es simple y directa. La historia comienza cuando Kyle, un asesino a sueldo, acepta un trabajo: debe matar a dos personas (una honesta y otra no tanto) para evitar que se destape un caso de corrupción. Sin embargo, cuando su empleador lo traiciona, su sed de venganza lo llevará por un camino inesperado. En ruta a Los Angeles, mientras escapa de la policía, Kyle se cruza con Glory Hamilton, una cantante de clubes nocturnos. En una parada no programada, lo que comienza como un robo y luego un secuestro deviene en una relación ambigua, casi de complicidad, de inesperada igualdad y finalmente de amistad, en la que Glory logrará, por un momento, que Kyle se enfrente a sí mismo y, quizás, a las consecuencias de sus actos.
La película se estrenó en el año 1957, y se nota que estamos frente a un noir tardío. Aquí no tenemos tanto de esa atmósfera oscura y casi expresionista que tan bien caracterizó al género y, si somos completamente objetivos, por momentos la película parece poco imaginativa y hasta estática. Pero, a veces, menos es más. Su enfoque, eficiente y agudo, es más que suficiente para transmitir de manera objetiva la frialdad de un asesino a sueldo que, muy a su pesar, recupera un poco de su humanidad.
Sin duda, todas las versiones de esta historia nos dejan con un asesino ambiguo, imperfecto, inolvidable. A Kyle le gustan los gatos y nada más: las personas le producen indiferencia y, para él, la vida no tiene sentido. La ropa le queda grande, como si se alimentara solamente con odio. Rígido, con un caparazón tenso, a punto de explotar, su pasado es triste y violento, así también es su presente, y así (inevitablemente) será su futuro. Todo lo reprime, salvo la sed de venganza. Sus únicas compañeras son su pistola y su navaja, y no deja rastros ni cabos sueltos. Solitario, vacío, roto, es su propia ley y no confía en nadie, hasta que se cruza con Glory. Esta mujer, que comienza siendo un seguro de vida para Kyle, se convertirá en algo más. Glory es fuerte e independiente, no le tiene miedo, lo desafía, lo mira de frente y a los ojos. Entre persecuciones, huidas, rescates y escondites, Glory pasará a cumplir un extraño rol de hermana mayor, de confesora, de amiga, y verá en Kyle lo que nadie vio nunca: las manos gentiles de un artista, lo que hubiera podido ser, tal vez en otra vida. Esa bajada de guardia, esa pérdida de control, ese momento de dejarse ver realmente, de ser vulnerable, de enfrentar su propia humanidad, aunque no sea suficiente para salvarlo, marcará a Kyle. Y, por un momento, este hombre condenado por su destino no estará solo.
El noir se caracterizó por mostrar ese contraste triste e inevitable entre la corrupción del mundo y lo que desean los personajes. Un sistema podrido que los hunde en una vida marginal de la que no se puede escapar. Una última oportunidad que es cruel porque es imposible: la maldad opresiva del mundo niega esa, y cualquier otra posibilidad de escape. Cagney era, sin ninguna duda, un experto en interpretar a este tipo de personaje, más arma que persona, duro, obstinado e implacable como el mundo en el que vive, y por eso no sorprende demasiado que del otro lado de la cámara también haya lograado transmitir esa búsqueda desesperada pero inútil, ese realismo fatal, esa crudeza directa, ese mundo lleno de traiciones y venganzas, esa redención que parece (y será) imposible, esos viajes que se hacen solamente con boleto de ida, como si ya se adivinara el final.
Esta fue la primera y última excursión de James Cagney detrás de cámara. Parece ser que se aburrió mucho dirigiendo y nunca quiso repetir la experiencia. Pero, por lo menos, nos queda esta película, cuya esencia parece recordarnos a muchos de sus personajes: esos que van de frente, dicen lo que piensan sin vueltas y sin filtro y, aunque no haya salida, se enfrentan de cara a su destino: a lo más crudo, sí, pero también a lo más real.
Gershwin Medley – Dino & Ella
En el mes de George Gershwin, qué mejor que un medley magistral de la mano de dos vocalistas que parecen opuestos, pero que se complementan hermosamente. Los escuchamos deleitarnos con S’Wonderful, una versión medio balada de Let’s Call The Whole Thing Off y How Long Has This Been Going On.
The Women (1939) – George Cukor

Bendito seas entre todas las mujeres
Un pincel unta las uñas de una clienta con un esmalte llamado Jungle Red. Entre el olor a acetona, el vapor de los secadores y las sonrisas falsas de un salón de belleza neoyorquino, una manicurista se descuida y termina desprendiendo el veneno. Resulta que el marido de Mary Haines la engaña con una vendedora de perfumes. En un segundo, la rutina se quiebra. Cukor no necesita grandes tragedias para iniciar el caos; le basta el eco de un chisme en un tocador. Así empieza The Women (1939), nos sumerge de golpe en un ecosistema salvaje donde las uñas recién pintadas son las verdaderas garras de combate.
Se ha escrito de todo sobre este clásico, pero volver a verlo con los ojos de hoy es una experiencia eléctrica. Lo primero que me atrapa es la audacia de su estructura: un universo habitado y sostenido cien por ciento por mujeres, donde los hombres, a pesar de ser el centro gravitacional de casi todas las conversaciones, están totalmente fuera de campo. Estamos hablando de que no aparecen ni en fotos, ni en retratos, ni como extras al fondo. Cukor genera un microclima claustrofóbico, divertidísimo y feroz donde la complicidad y la traición son la misma cara de una moneda.
Y en medio de ese torbellino de lenguas afiladas (Rosalind Rusell merecía un oscar por la velocidad con la que encarnaba sus líneas) irrumpe una de las decisiones estéticas más estridentes de ese momento. El famoso desfile de modas. Venimos sumergidas en un blanco y negro elegante, filoso, donde la comedia se mide en la velocidad de las réplicas, y de pronto… la pantalla explota en un Technicolor deslumbrante. Acá se cristaliza la fantasía pura. Cukor frena la película para mostrarnos la máscara, el envoltorio perfecto con el que estas mujeres se disfrazaban. El color es el refugio de la apariencia; es la fantasía de romper con el deber ser, en cambio la realidad, con sus grietas y dolores, habita en el blanco y negro al que inevitablemente hay que regresar.
Pero el verdadero corazón de la película está en la dignidad de Mary Haines (una Norma Shearer perfecta). Frente a un entorno de amigas que le aconsejan mirar para otro lado o aguantar la humillación por guardar la forma, Mary toma una postura que me parece fascinante: no se deja torcer. En su enfrentamiento cara a cara con la maquiavélica Crystal Allen (una Joan Crawford fabulosa, mala hasta la médula), Mary entiende que el divorcio no es una derrota, sino un acto de amor propio. Prefiere el abismo de romper su matrimonio antes que convertirse en una cínica más.
The Women arranca con el barniz de un esmalte Jungle Red y termina siendo una lección humilde de seguir nuestro instinto. Cukor filmó una comedia ácida sobre la superficie, pero en el fondo nos regaló la historia de una mujer que aprendió a no traicionarse a sí misma cuando todos los demás le pedían que se escondiera detrás de un barniz como si nada pasara.
Louis Armstrong – Cabaret
Y en nuestra dosis mensual de Ed Sullivan esta vez lo traemos a Louis a puro color, vibrato y alegría interpretando el tema que tantas veces le escucharíamos a Liza más adelante. Come taste the wine, come hear the band…
Full Confession (1939) – John Farrow


Por Cecilia Malacrida
Una disyuntiva entre la ley y la fe; una encrucijada entre el bien y el mal. Esta película de John Farrow, estrenada en 1939, que inmediatamente se percibe como una propuesta a mitad de camino entre una historia de crimen y un drama moralista, es un caso más que interesante. Así como podemos ubicarla cómodamente junto a películas cargadas de simbología y connotaciones religiosas como “Qué bello es vivir” o “Ángeles con caras sucias”, si hubiera sido estrenada algunos años después seguramente hubiéramos podido incluirla entre los noirs que más tarde filmaría Farrow. Pero las categorías no importan demasiado, porque de todos modos (y gracias a la fotografía de J. Roy Hunt) tenemos el clima urbano, opresivo y pesadillesco del cine negro, sus siluetas casi expresionistas, sombras y oscuridad, calles con niebla, y las cartas echadas que determinan el destino inevitable de personas imperfectamente humanas. Todo para pintar lo que, en esta historia, será el personaje más turbio: un alma en crisis, debatiéndose entre hacer el bien o el mal, torturada por una conciencia que se resiste pero lucha por emerger.
La película comienza en época navideña, con alegría, festejos, y también con una seguidilla de crímenes. Cinco minutos de tensión, casi en silencio, nos bastan para conocer a Pat McGinnis (interpretado por Victor McLaglen) mientras golpea a un guardia nocturno, le roba su arma, y la usa para matar a un policía. Luego, al intentar establecer una coartada para ese crimen, roba un tapado de piel para su novia Molly Sullivan (Sally Eilers) y es arrestado. Un año y medio después, Michael O’Keefe (un entrañable Barry Fitzgerald) está festejando el casamiento de su hijo, se pasa de copas y termina en la comisaría. Y así se cruzan sus caminos: O’Keefe es el vigilante al que McGinnis le había robado el arma, por lo que en esta aparecen sus huellas dactilares, y así es condenado a muerte por ese crimen que no cometió. Mientras tanto, en prisión, McGinnis sufre un accidente. Creyendo que va a morir, le confiesa el asesinato al padre Loma (Joseph Calleia), el sacerdote de esta comunidad irlandesa de clase trabajadora que conoce sus tristezas y alegrías y también el caso de O’Keefe, por lo que enseguida une los puntos (y, por qué no, los destinos). El padre Loma se enfrentará así al dilema moral de respetar o quebrar el sagrado secreto de la confesión. Sabe que McGinnis no es un villano, sino simplemente un hombre común que ha cometido errores y que quiere dejar todo atrás para casarse con Molly, una mujer trabajadora y fiel. Pero si esto lleva a un hombre inocente a la muerte, la felicidad nunca será real. Entonces confiará en que, con un poco de ayuda, McGinnis hará lo correcto.
El padre Loma se convierte así en la brújula de la moral y la voz de la conciencia, esa presencia constante, molesta, implacable, casi insoportable, que no deja comer, caminar, dormir en paz. Nos damos vuelta, y ahí está. De día y de noche, a la vuelta de cada esquina, en casa, en el trabajo, en el bar, entre las sombras, en el eco de los pasos. Una voz tranquila pero firme, insistente, que jamás se calla, que no se puede dejar de escuchar. Joseph Calleia interpreta al padre Loma como un hombre incansable, que no se rinde, que no abandona su misión de ayudar, de redimir, de hacer lo que pueda aunque a veces no sea suficiente. Un cabeza dura, como él mismo se define, que no dudará en usar la futura felicidad de McGinnis junto a Molly como moneda de cambio y “negociar” con este para que se entregue. Lo acecha, lo asedia, lo hostiga. Agresivo, avasallador, acosador y casi violento, hasta podríamos decir que es un patotero de la fe, que intentará despertar la conciencia primero con palabras y después, si todo falla, casi a martillazos. Imperfecto, poco delicado, pero muy eficaz. No por nada Orson Welles, que de estas cosas algo sabía, se refería a Calleia como «uno de los mejores actores que he conocido en mi vida».
La película tiene 78 escasos minutos de duración, sin embargo le sobra el tiempo para dejarnos algunas escenas inolvidables. Por ejemplo, McGinnis conociendo a la familia de O’Keefe, viendo los rostros sufridos y las vidas quebradas de aquellas personas a las que está lastimando con sus acciones. El padre Loma atormentando a McGinnis rompiendo, una por una, las tacitas de porcelana de Molly (son diez, como los mandamientos, esos mismos que McGinnis ha violado). McGinnis golpeando a Loma y haciéndolo caer sobre una reja con pinches de hierro, en una secuencia muy poco sutil pero realmente efectiva que hasta parece evocar los estigmas de la crucifixión. Y un cruce de transfusiones, solemnes casi como un sacramento, como si a través de la sangre se pudiera donar la conciencia, el deseo de hacer lo correcto, la posibilidad de redención, el bien en todas sus formas.
Lo cursi, lo religioso y lo realista se mezclan en un equilibrio casi perfecto para destacar el mensaje de hacer lo correcto aunque sea un arma de doble filo y nos cueste absolutamente todo, hasta la vida. Por momentos ceremoniosa y moralista, por momentos dura y pesimista, pero siempre humana, la película nos recuerda que, más allá de cualquier creencia personal, nuestras acciones tienen consecuencias profundas e irreversibles, y así también son las marcas que dejan en los demás lo que hacemos, o lo que dejamos de hacer. A la vida llegamos (y de ella nos vamos) solamente con las manos vacías pero siempre abiertas, siempre con la posibilidad de darlo absolutamente todo. Y así lo vemos a través del personaje de Calleia, que representa el fuego de esa fe absoluta de quien se entrega en cuerpo y alma (y lleva las marcas que así lo demuestran), simplemente para lograr que otros puedan encontrar su paz y su salvación. En palabras de Orson Welles: ¡qué actor!
Moon Medley – Kate Smith & Andy Williams
¿Cuántas canciones de jazz tienen «moon» en el título? Tal vez todas. Kate y Andy ensayan un listado de ¿más de 10, 15? en este medley complejo y lleno de armonías y cambios rápidos de canción. No pueden faltar Moonglow y Moonlight In Vermont, ideales para disfrutar a estos dos artistas fuera de serie.
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Madres en el cine clásico
Celebramos a las madres en el cine con seis historias que ponen en el centro a esta figura, así como su entrega, sacrificio y coraje.














