Edición Sunset

Enero 2026


Sitio web sobre cine clásico, jazz y los artistas del pasado.

Todos los meses, una nueva edición.

Celina Alba Posse repasa cuatro de las adaptaciones más emblemáticas en el cine clásico del mito de Dr. Jekyll y Mr. Hyde y se adentra en sus oscuras y complejas facetas.

El 17 de enero de 1926 nacía en Escocia Moira Shearer, bailarina y actriz que trabajó con la dupla Powell-Pressburger en The Red Shoes (1948) y The Tales of Hoffman (1951), y también con Powell en Peeping Tom (1960). Aquí la vemos en la secuencia de ballet de la primera como Victoria Page, su rol emblema.

Si nunca vieron The Red Shoes, les sugiero enérgicamente verla completa para disfrutar de esta secuencia en su contexto. Si ya la vieron, pueden refrescar esta maravilla que extrae y combina lo mejor del ballet en cine y de las posibilidades del montaje, con una Moira Shearer que resplandece.

Como enero es también el mes de Elvis, no nos puede faltar en la edición una de sus interpretaciones. Y aquí lo tenemos en estado de emoción pura con su inolvidable versión de What Now My Love, versión inglesa de la canción Et maintenant, que toma como patrón rítmico el Boléro de Ravel.

Póster de The Barefoot Contessa

Por Mery Linares

@meryandthemovies

La condesa descalza: Entre el mito y la tierra

Nada como el cine hablando de sí mismo cuando decide dejar de seducir y quiere empezar a incomodar. La condesa descalza es una de esas películas. Joseph L. Mankiewicz ya había mirado detrás del telón con All About Eve, pero acá no hay chispa ni ironía que alivie el golpe. En su lugar aparece el cansancio, la tristeza y una certeza bastante cruel: el sistema siempre gana.

La historia se organiza desde un punto de partida tan inusual como punzante. Asistimos a la muerte de María Vargas, una actriz convertida en mito, cuya vida es reconstruida a partir de los recuerdos de los hombres que la rodearon. Desde un director hasta un productor, o un amante, todos intentan explicar quién fue esa mujer a la que miraron, desearon y utilizaron, pero que nadie terminó de conocer del todo. Desde ese relato fragmentado, La condesa descalza cristaliza una pérdida de fe profunda donde no hay talento suficiente que salve ni ingenio que funcione como escudo. Así revela una verdad amarga donde Hollywood no solo fabricaba estrellas; también sabía cómo consumirlas sin remordimiento.

Se habló mucho de Rita Hayworth como posible inspiración, como la querida Margarita Cansino que fue descubierta, reformulada y convertida en otra cosa, y así suena como el espejo de María Vargas. Pero no importa tanto si la referencia es exacta; lo que importa es el mecanismo. La película entiende con precisión quirúrgica cómo funciona la idealización, en donde primero se desea, después se posee y, finalmente, se descarta. Y, en ese recorrido, casi todo vínculo termina revelándose como una transacción.

La estructura coral refuerza esa idea porque María nunca llega a ser completamente soberana de su relato. Siempre es el recuerdo de alguien más, la versión que otro necesita contar. Todos hablan de ella, pero nadie la conoce del todo. Su identidad se diluye entre voces ajenas y ahí aparece el gesto más bello y más triste de la película: sus pies descalzos, como si ese contacto con la tierra fuera lo único que la devuelve a una experiencia real, a un cuerpo concreto, a la mujer antes del mito. Se trata de una forma de habitar, de un anclaje mínimo en un mundo que insiste en elevarla para poder poseerla.

No es casual que la película no empiece con su vida, sino con su muerte. Vemos a María en su funeral, convertida en una estatua blanca, perfecta e inmóvil. Antes de conocerla, ya es una imagen definitiva. La muerte la fija, la vuelve pura e intocable. El mito alcanza su forma ideal cuando el cuerpo deja de intervenir. Todo lo que sigue es un intento fallido por volver atrás, por recuperar algo que ya no está.

Harry Dawes, el director interpretado por Humphrey Bogart, es quizá el personaje más triste de todos. No porque sea inocente, sino porque en un punto es consciente ya que ve el engranaje, sabe cómo funciona, pero no logra salir de ahí. Él es parte de descubrir a María, la impulsa y, al mismo tiempo, presencia su transformación en un producto. No es un salvador ni un villano, sino un testigo lúcido de una maquinaria que sigue alimentando aun sabiendo lo que cuesta.

Cada hombre que se cruza en el camino de María le promete algo distinto, desde libertad, estabilidad y poder, y a veces hasta amor, aunque ninguna promesa se termina cumpliendo. Tanto Hollywood, el dinero como la aristocracia europea parecen una salida hasta que se terminan revelando como otro encierro. El amor nunca es el motor del relato, apenas una ilusión breve dentro de un sistema de hombres que siempre termina pasando factura.

Tal vez por eso La condesa descalza se vuelve todavía más interesante cuando corre el foco de María y se detiene en Dawes. No como héroe, sino como una figura incómoda y amarga. Para Mankiewicz, el director no es un dios todopoderoso, sino alguien que ve el mecanismo, lo comprende y aun así no logra detenerlo. Dawes no controla el destino de María; lo presencia con una impotencia que duele. Y ahí es donde la película parece decir todo lo que necesita decir sobre Hollywood y sobre el lugar del director dentro de esa maquinaria o por lo menos eso parecía querer decirnos Mankiewicz.

Quizás por eso sigue siendo una película difícil de digerir, ya que se queda en la crudeza y en la melancolía. Como escribió François Truffaut en 1955:

La condesa descalza es desconcertante. Uno sale de la sala dudoso de haber comprendido todo, pero inseguro de que hubiera, de hecho, más para comprender. No sabemos lo que pretendía el autor. Pero lo que está más allá de la duda es la total sinceridad, novedad, osadía y fascinación del filme.

Por eso, si hay una imagen con la que me quedo de La condesa descalza, es la de María Vargas bailando entre la multitud con sus pies descalzos. No es la María del mito ni la figura trágica que conocemos después, sino una mujer todavía en movimiento, antes del último encierro, antes del matrimonio que terminará de clausurar cualquier ilusión. Ahí aparece una María humana y soberana, no porque sea libre del todo, sino porque todavía queda algo. En ese baile aún queda un cuerpo que se expresa, algo de ilusión. Es un momento efímero pero tal vez el único en el que la vida tiene más sentido que un guion.

«Tenemos todo un año nuevo por delante. ¿Y no sería maravilloso si todos pudiéramos ser un poco más amables unos con otros, un poco más cariñosos, tener un poco más de empatía y tal vez, el año que viene en esta fecha, nos apreciáramos un poco más?«

¿Es Broadway o qué? Nada grita más show-time que estos dos genios del arte del tap y del entretenimiento llenando de ritmitos imposibles Puttin’ On the Ritz, de Irving Berlin, como corresponde: en top hat, white tie, and tails.

– ¿Who’s your tailor? Love those pants.

– Oh, hush up, Bolger, come on, let’s dance.

Por Mery Linares

@meryandthemovies

La vocación y la verdad en una mujer según Hawks

Probablemente seamos muchos los que hayamos caído en His Girl Friday por Cary Grant o por la cámara y el pulso de Howard Hawks, pero déjenme decirles algo: la película es Rosalind Russell. Todo recae en su altura, su porte, su ritmo, su elegancia y su habilidad. Ella es lo que hace de esta película una comedia eterna.

Acá Rosalind encarna a la reportera Hildy Johnson, que hace su entrada al diario The Front Page para encontrarse con su exmarido y editor, Walter Burns, interpretado nada más y nada menos que por Cary Grant. Ahí comienza el juego, donde se puede apreciar no solo la destreza de Rosalind sino la santísima trinidad de la comedia screwball: actuaciones con química, diálogos punzantes que suenan como una orquesta y una coreografía de movimientos que solo una gran puesta en escena puede lograr. Bastan unos minutos para que toda esta dinámica se despliegue y Hildy comience a sentirse tentada por eso que alguna vez tuvo y que la presión social le quitó: esa pulsión pasional de amar lo que uno hace, ese suero vital que es amar la propia profesión.

Pero del otro lado de esa oficina la espera el futuro que una mujer “debería” tener: un futuro marido llamado Bruce que la admira, la mira, quiere formar una familia y, además, es “hijo de mamá”. ¿Y quién mejor para darle vida a ese personaje que Ralph Bellamy? Ya lo habíamos visto en The Awful Truth con esa presencia de bonachón entrañable. Aquí vuelve a ser la contracara de Cary Grant y se arma esa triangulación tan característica, y tan divertida, que supieron ofrecer las comedias screwball.

Hildy y su futuro marido deben tomar el tren hacia Albany a las cuatro de la tarde, pero a su exmarido le basta un encarcelado inocente para lograr que Hildy posponga ese viaje y lo cambie por el tren de la noche, todo por una primicia. Y ahí aparece con claridad aquello que Hawks tanto amaba filmar: un personaje trabajando. La cámara se transforma en un vehículo que exhibe con realismo y pasión esa profesión en cuestión. Hildy entra a la sala de prensa, una jungla de hombres aburridos y timberos, como un ave que sabe exactamente dónde anidar. Con su inteligencia y su verborragia, no suelta la máquina de escribir porque entiende que la primicia es como una lombriz: aparece rápido, ligera y hay que atraparla. La vemos capaz de todo: entrar a una cárcel, interrogar al hombre sentenciado, correr como una gacela, ¡hasta con tacones!, para encontrar la verdad.

En esa búsqueda, casi que Cary no aparece. Está del otro lado del teléfono, sabiendo muy bien de qué es capaz ese animal de la jungla. Él sabe que el periodismo corre por las venas de Hildy, que no puede entregarse así como así. Ella nació para el olor a papel recién impreso, para la adrenalina de una noticia que se escapa, para coquetear con las preguntas, para reportar la verdad.

Hacia el final, la película revela su autenticidad y deja en claro que esta historia nunca se trató de un re-matrimonio, ni de la triangulación entre Hildy, Walter y Bruce sino más bien, una entre Hildy, su vocación y la promesa de una “vida normal”. 

En toda esa orquesta tan divertida y a la vez profunda que teje Hawks de cómo laten los medios, está Hildy que vuelve a Walter pero que escapa al sentimentalismo, porque en verdad regresa a su identidad, a su verdad más profunda: la de hacer y amar su trabajo.

No hay forma de que no me emocione con esta Ethel Merman encarnando exactamente la letra del clásico de Irving Berlin. Como nos tiene acostumbrados, nos da interpretación, perfección vocal, emoción y entretenimiento: todo lo que significa el show business.

You’re broken-hearted, but you go on.

Se cumplen 99 años del nacimiento de la maravillosa Eartha y aunque somos muchos los hechizados por su magnetismo y expresividad, siento que pocas veces se destaca su capacidad vocal. En este especial de televisión de 1960 la disfrutan en todo su esplendor. Quiero destacar su número final: Just An Old Fashioned Girl, y la forma creativa en la que el programa está filmado para TV.

Escuchá nuestro pódcast

Porque no nos alcanza con escribir y leer, también tenemos que hablar sobre las películas y los artistas del pasado que amamos.

Suscribite a nuestro canal de YouTube

Póster de Stella Dallas

Madres en el cine clásico

Celebramos a las madres en el cine con seis historias que ponen en el centro a esta figura, así como su entrega, sacrificio y coraje.

Conseguí el póster de tu película favorita

  • 21cm x 29.7cm.
  • Papel fotográfico brillante.
  • Impresión de alta calidad.
  • Más de 30 modelos para elegir.