
Edición Sunset
Abril 2026
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Stanley Donen

Stanley Donen: una invitación a la primavera de las cosas
Hay directores que filmaron la realidad y directores que, por suerte para nosotros, decidieron inventar una mejor. Stanley Donen pertenecía a ese grupo de soñadores. Mientras otros se desvelaban por el realismo, él se obsesionaba con el color de un calcetín o con la forma exacta en la que un cuerpo puede desafiar la ley de gravedad sin despeinarse. Entrar al universo de Donen es como entrar a un mundo donde todo brilla, todo se mueve, todo puede ser juego pero, sobre todo, todo puede ser color. Es como esa ráfaga de fucsia que invade la pantalla en Funny Face (1957), donde el gris de la oficina desaparece bajo capas de pintura y gasas, o como ver a Audrey Hepburn corriendo por el Louvre con un vestido rojo; una explosión de color tan desmedida y perfecta que te obliga a olvidar que afuera, en la calle, el mundo sigue siendo en blanco y negro.
En Funny Face, Donen no solo filmó una historia de amor, sino que encuadró una obsesión estética. En esos encuadres nos regaló a la mejor a Audrey, y se nota que la amaba como se ama a una composición perfecta. Esa escena en el laboratorio fotográfico, bañada en un rojo furioso, no es solo técnica; es puro deseo visual. La cámara de Donen espera a que la cara de Audrey aparezca en el papel revelado como quien mira el agua hasta que, por fin, devuelve un reflejo. Y cuando Fred Astaire la saca a bailar al lago, le pone ese filtro difusor al lente porque sabe que la realidad a veces es demasiado áspera y necesita un poco de suavidad de algodón para ser cine. Donen buscó el momento exacto en el que Audrey, vestida de negro en un bar bohemio, se convierte en un dibujo animado de carne y hueso. Ese baile de brazos largos y movimientos jazzísticos es el director diciéndonos: Miren lo que puedo hacer con una cámara y un cuerpo que no tiene miedo a nada.
Si algo nos enseñó Stanley es que el suelo es una opción y no una regla. Ver a Fred caminando por las paredes y el techo en Royal Wedding (1951) es una experiencia religiosa para cualquiera que ame la magia del cine. Porque tienen todo el ingenio de esa maquinaria y un director que cree que si el amor te hace flotar, la cámara tiene que flotar con uno.
Algo similar ocurre en el granero de Seven Brides for Seven Brothers (1954) donde Stanley convierte un montón de hachas, troncos y tablas en una batería humana. Ahí no hay orquesta, pero todo suena; no hay instrumentos, pero todo vibra. Los cuerpos golpean la madera y la madera responde, como si el espacio mismo hubiera estado esperando ser coreografiado. Y ahí está su magia porque era un cineasta capaz de mirar un tablón y adivinar en él un paso de tap, porque que incluso en lo rústico y en lo áspero puede habitar la gracia, una gracia precisa y lúdica.
Pero no todo era baile para él porque su verdadero sello es el juego, lo lúdico como forma de mirar y de construir el mundo. En Charade (1963), ese juego se vuelve puro lenguaje. El ritmo ya no está en los pies, sino en los diálogos entre Cary Grant y Audrey Hepburn que se persiguen, se esquivan y se rozan con una precisión casi musical. En esos intercambios se condensa todo Donen: la seducción como coreografía y la intriga como juego de ingenio.

Y en Indiscreet (1958), lleva esa lógica un paso más allá con esa pantalla partida inolvidable: Ingrid Bergman y Cary Grant en ciudades distintas, pero acostados en la misma cama gracias a un montaje que no oculta su artificio, sino que lo vuelve juego. Es el Donen que entiende que el cine reescribe con elegancia la realidad.
En este humilde texto queremos celebrar su aniversario y ese legado de la belleza en lo lúdico, el movimiento y la alegría. Donen nos enseñó que hay una primavera latente en las cosas y que si te descuidás, podés terminar bailando en el techo.
Nos dejó la certeza de que el artificio no es mentira, sino una forma de intensificar la alegría. Mientras exista una pantalla, siempre vamos a preferir el París soñado de Stanley al París real. Es la misma fe ciega que buscamos en la escena de Gene Kelly en Singin’ in the Rain (1952): un hombre que decide que un chaparrón y un resfriado seguro son el escenario perfecto para un zapateo, para la coreografía de la alegría.
Es como decía Audrey, que estar bajo su dirección era como estar flotando. Y nosotros, desde la butaca, aceptamos esa invitación sin condiciones, mojados, felices y suspendidos en ese Technicolor eterno que nos salva del gris de la realidad.
Shirley Temple – Baby, Take a Bow
Who’s that bunch of personality? La presento a ella: Shirley Temple en el número que la vuelve famosa. En medio del contexto vaudevillesco de un musical secuencial que intenta levantar los ánimos en la era de la Gran Depresión, Stand Up and Cheer! de 1933, aparece una estrella que brilla como ninguna. Es el epítome de la niña actriz. Este número maravilla no solo por su talento increíble con seis años, sino porque es imposible negar un carisma que parece venir desde la cuna. Shirley, take a bow.

Wuthering Heights (1939)
Celina Alba Posse repasa una de las adaptaciones literarias más influyentes en la forma en que la historia de Cathy y Heathcliff perdura en el imaginario popular, de la mano del gran William Wyler.
Ella Fitzgerald – Mr. Paganini
Otro abril, otro cumple de Ella y la recordamos con una de sus canciones insignia: (If You Can’t Sing It) You’ll Have to Swing It (Mr. Paganini), de Sam Coslow. Puede que haya un subgénero de canciones de jazz que remiten a la música clásica y expresan el contraste entre ambos.
En la versión en el programa de Ed Sullivan de 1968, Ella cambia cada «swing it» por un segmento de scat e incluso un fragmento de otra canción. Como siempre, hace lo que quiere con el tema. Les dejamos también la primera versión de la canción, grabada por Ella con la banda de Chick Webb en 1936.
Grand Hotel (1932) – Edmund Goulding


Por Isabel Camarillo Morelos
Pocas películas relatan varias historias entrelazadas de tal manera que cada personaje cuente con el mismo nivel de importancia para llevar a cabo la trama. Y la película de la que hablaremos en esta ocasión es una de ellas.
Durante la época pre-code, se estrenó Grand Hotel del director Edmund Goulding. La película nos sitúa en el hotel más exclusivo de Berlín, donde, por azares del destino, coinciden durante los mismos días una bailarina rusa, un barón que ha dilapidado su fortuna, un empresario de carácter difícil, su taquígrafa y un hombre que padece una enfermedad terminal. Cada uno se hospeda por distintas razones; pero, una vez allí, sus vidas se enlazan, dando lugar a una serie de encuentros y desencuentros que desembocan en un trágico desenlace.
La premisa, por sí sola, resulta atractiva. No obstante, Grand Hotel funciona tan bien no solo por la historia que cuenta (que fue la única en ganar el Oscar a mejor película sin estar en nominada en ninguna otra categoría), sino por las figuras del cine que interpretan a sus personajes principales: Greta Garbo, Joan Crawford, John y Lionel Barrymore, y Wallace Beery. La MGM apostó por la arriesgada y novedosa decisión de reunir en una misma producción a varias de sus estrellas. El resultado es un reparto de gran calidad actoral, con nombres muy reconocidos, y una historia que funciona con solidez en pantalla, algo poco habitual en este tipo de propuestas. Con el tiempo, el estudio adoptaría su lema “más estrellas que en el cielo”, reafirmando su poderoso lugar en la industria. En este contexto, lejos de que un actor tenga más presencia que otro en Grand Hotel, todos construyen un equilibrio a partir de sus personajes. Cada uno adquiere una identidad propia sin perder conexión con la historia central.
Las subtramas avanzan con una esencia particular, pero convergen en emociones compartidas: la soledad, la frustración o el deseo de vivir, incluso cuando se tiene la muerte segura. Así, la película no solo proyecta un relato coral, sino que convierte a sus personajes en reflejos de distintas formas de enfrentar la vida.
El film empieza con diálogos cruzados a través de cabinas telefónicas, estableciendo el tono fragmentado que definirá la estructura de toda la historia. Este mismo recurso de perspectivas compartidas es marcado por la frase del doctor Otternschlag (interpretado por Lewis Stone): “Grand Hotel, gente que bien y va…nunca pasa nada”. Lo que hace tan poderosa esta frase es cómo adquiere un sentido completamente distinto una vez que se conoce todo lo ocurrido, reforzando la ironía que encierra esa conclusión.
Los diálogos tienen un peso propio. El “Quiero estar sola” expresado por Garbo en su papel de bailarina en crisis ante el descenso de su fama se ha convertido en una de las frases más emblemáticas del cine. Sin embargo, más allá de sus líneas memorables, son las interpretaciones las que mantienen la película a flote: Lionel Barrymore construye una presencia magnética con una actuación tan fluida y natural, mientras que su hermano John encarna con precisión la desesperación de un hombre atrapado por las consecuencias de sus propios errores. Por su parte, Joan Crawford aporta una intensidad que crece progresivamente y consolida el equilibrio del conjunto.
También, el propio hotel es casi como un personaje más que observa y articula las historias de las que es el escenario. Así, se erige como un espacio simbólico donde lo efímero y lo trascendental conviven.
Grand Hotel seafirma como un hito del cine pre-code y un ejemplo excepcional del potencial del sistema de estrellas en su máximo esplendor. Su mayor virtud radica en aquello que hoy resulta irrepetible: la convergencia de grandes figuras en una misma pantalla, no como un espectáculo vacío y sin sentido, sino como un medio para construir una experiencia humana, a través de historias que capturan la atención del espectador. Más que una recomendación, verla se vuelve casi imprescindible.
Why Oh Why – Ann Miller, Debbie Reynolds & Jane Powell
Como si no fuera suficiente una, aquí tenemos tres reinas del musical que nacieron en abril y que protagonizan Hit the Deck (1955), musical de MGM dirigido por Roy Rowland.
En este breve número, Ann, Debbie y Jane interpretan Why Oh Why, canción de la obra original de 1927 con música de Vincent Youmans. El recurso ‘grupo de mujeres quejándose de los hombres’ parece siempre funcionar y el humor de la letra no se nos escapa en el presente: «Men are nature’s big mistake, but they’re very necessary«.
Si muero antes de despertar (1952) – Carlos Hugo Christensen

Si muero antes de despertar forma parte de las adaptaciones que Carlos Hugo Christensen realizó sobre tres relatos de William Irish, junto con No abras nunca esa puerta, que reseñamos el último noirvember. Las tres historias fueron concebidas como parte de un mismo proyecto, pero finalmente esta película se extendió y se estrenó de forma independiente. El guion, como en No abras…, estuvo a cargo de Alejandro Casona, quien toma el texto original para construir un relato visual cargado de suspenso y oscuridad.
La primera parte construye el ambiente de cuento infantil en el que se enmarca la película de forma conciente. Los espacios seguros de la infancia parecen estar bien delimitados: la casa, la escuela y el barrio, pero la amenaza no tarda en aparecer. Entre los gritos de los niños que juegan y la música tétrica de plaza, aparece el gran lobo feroz: un lunático.
Como un cuento de hadas moderno atravesado por la forma de ver el mundo psicoanalítica de mitad de siglo XX, el trauma infantil se vuelve el motor del conflicto. Esto se refleja en la estructura de la trama. El punto de vista es el de Lucho, interpretado magistralmente por Néstor Zavarce, y su experiencia se encuentra completamente limitada por la opresión del mundo adulto: la familia y la escuela. Un primer episodio sienta las bases del problema: una compañera de Lucho aparece muerta luego de haberse ido con un extraño que le ofrecía chupetines. Nuestro protagonista sabe del extraño pero un código de honor le impide hablar. Cuando la tragedia ocurre, lo no dicho se vuelve síntoma y la familia baja la línea de la represión. «Será mejor que no vuelva a hablarse de eso. Por suerte los chicos olvidan tan fácilmente», sentencia el médico.
No tan en el fondo de esa imposibilidad de hablar y de respetar el código de honor se encuentra la figura paterna, que maneja sus propios problemas de inseguridad, y que despliega una tajante ley de lo que significa ser un hombre para su hijo. En esta dinámica, al niño ni se lo escucha, ni se lo deja hablar, ni ser vulnerable. Al igual que en las tradicionales historias infantiles, la amenaza del mal siempre está afuera, pero es en lo interno, en la propia moral y en el apoyo del entorno, que se halla la posibilidad de hacerle frente a ese mal. Como corresponde a la represión psicológica, el trauma reaparece en una nueva desaparición de otra compañera de Lucho. La película muestra escenas casi idénticas a la situación anterior y lo no resuelto en Lucho se reactiva para buscar la redención.
A esto se agrega una sublime secuencia onírica que no tiene nada que envidiarle a los logros de Orson Welles o Alfred Hitchcock. Es increíble pero todo esto sucede en 50 minutos de película, y los siguientes 20 son de un suspenso que te tiene en todo momento al borde de la silla. Como Caperucita Roja, Lucho encuentra el peligro en una casa en medio del bosque y, a la manera de Hansel y Gretel, usa los botones de su saco para marcar su camino. A esta altura, el espectador no puede sino compartir la desesperación del pequeño protagonista y desear la pronta resolución del conflicto. El enfrentamiento con el villano es, como mínimo, inesperado, con diálogos de ambas partes que invocan las fuerzas del más allá.
Durante años, la película sobrevivió en condiciones precarias y gracias a un trabajo de restauración que combinó distintas copias, se logró reconstruir el film y generar un nuevo máster que hoy permite apreciarlo en una calidad más que digna. Poder verla de una forma lo más cercana posible a su momento de estreno significa no solo poder apreciar la maestría de esta película, filmada con todos los recursos estilísticos del film noir, sino poder reivindicar un cine clásico que siga siendo un arte vivo y que no se convierta en un trauma nacional reprimido.
Louis & Duke graban juntos por primera vez
El 3 de abril de 1961, una sesión histórica de siete horas reunió a Louis Armstrong, junto a sus All Star, y a Duke Ellington en la sala de grabación y el resultado es, como es de esperar, un álbum perfecto. ¿Qué puede salir mal con estos dos? Las composiciones de Duke se encuentran con la voz y estilo de la banda de Satchmo en este disco que es como una cumbre soñada del jazz. Escucha obligada.
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Madres en el cine clásico
Celebramos a las madres en el cine con seis historias que ponen en el centro a esta figura, así como su entrega, sacrificio y coraje.














