
Edición Sunset
Julio 2026
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Todos los meses, una nueva edición.
Goodbye, Mr. Chips (1939) – Sam Wood

Antes de los profesores inolvidables, estuvo Mr. Chips
En los noventa parecían multiplicarse las películas que nos convencían de que un buen profesor podía cambiar una vida. Dead Poets Society, Good Will Hunting o incluso tantas historias ambientadas en aulas y universidades entendían a la educación como algo que iba mucho más allá de aprobar un examen; era una forma de aprender a mirar el mundo. Sin embargo, varias décadas antes, el cine ya había encontrado esa misma sensibilidad. Porque si hoy pensamos en maestros inolvidables, quizás sea hora de volver a uno de los más grandes, me refiero a Goodbye, Mr. Chips (1939).
Ese inolvidable año para la historia del cine, el mismo que vio nacer Gone with the Wind, The Wizard of Oz o Stagecoach, también se detuvo en la vida de un hombre aparentemente común. Mr. Chipping, o simplemente Mr. Chips, llega como un joven profesor de latín a un prestigioso internado inglés. Lo que la película propone no es el retrato de un héroe extraordinario, sino el de alguien que dedica toda una vida a enseñar mientras el mundo cambia a su alrededor.
La historia recorre décadas enteras. Vemos cómo los alumnos pasan, las generaciones se suceden y las guerras transforman Europa, mientras Chips permanece ahí como un faro. Pero hay un momento que cambia para siempre su manera de habitar el aula: cuando se enamora de Katherine (Greer Garson). Ella irrumpe en su vida con una energía luminosa, le hace descubrir el humor, la espontaneidad y la posibilidad de mostrarse menos rígido, como si la existencia adquiriera un color que antes no conocía, como el azul del Danubio. A partir de entonces, no solo enseña latín; empieza a enseñar desde la empatía y, por qué no, desde el humor también. Descubre que el conocimiento también puede transmitirse con calidez y que un maestro deja huella cuando permite que los alumnos conozcan a la persona detrás del profesor.
Buena parte de esa emoción existe gracias a Robert Donat. Su interpretación es una de esas actuaciones que parecen invisibles porque nunca buscan el artificio. Más allá del maquillaje que acompaña el paso de los años, son sus ojos, la postura de su cuerpo y la serenidad con la que habla los que nos hacen creer que estamos viendo a un hombre envejecer frente a nosotros. No sorprende que aquel año obtuviera el Oscar al Mejor Actor, incluso por encima de Clark Gable en Gone with the Wind. Donat no interpreta simplemente a un anciano: interpreta todo lo que el tiempo deja en una persona.
Mientras la Primera Guerra Mundial marca silenciosamente la historia, Goodbye, Mr. Chips nunca pierde de vista ese concepto que atraviesa estas historias: cómo una vida dedicada a los demás puede convertirse en un legado. Las despedidas se acumulan, los nombres cambian y los alumnos crecen, pero el aula permanece como un refugio donde todavía es posible formar personas.
Además, resulta imposible mirar el gran comedor, las escalinatas y las ceremonias del colegio sin pensar en Hogwarts, tal vez sea una asociación inevitable para cualquier espectador contemporáneo. Mucho antes de Harry Potter, esta película ya nos mostraba que una escuela podía ser mucho más que un edificio, y que podía convertirse en un hogar.
Aunque parezca imposible, la película sigue emocionando luego de ochenta años porque detrás de la historia de un profesor hay una pregunta bien profunda: ¿cómo se mide una vida? No por los grandes acontecimientos, sino por las personas que logramos tocar. Chips nunca fue un héroe de guerra, ni un hombre célebre. Fue alguien que eligió quedarse en un aula mientras el mundo cambiaba afuera. Cuando cree que su vida pudo haber sido incompleta por no haber formado una familia, la película responde con una de las despedidas más hermosas:
I thought I heard you saying it was a pity… pity I never had any children. But you’re wrong. I have. Thousands of them. Thousands of them… and all boys.
Recordando a Natalie Wood: 3 películas esenciales


Por Celina Alba Posse
@capicomenta
Este julio celebramos el aniversario del nacimiento de Natalie Wood, una actriz que nos sigue cautivando. Repasá con nosotras 3 películas clave de su carrera.
Saratoga (1937) – Jack Conway


Por Isabel Camarillo Morelos
En esta ocasión los reflectores se alejan de séptimos pisos u hoteles majestuosos, para darle luz y brillo a una historia que aborda escenarios distintos; esta vez nos trasladamos a los establos y a la élite neoyorquina en la obra de Jack Conway, “Saratoga” de 1937, con Jean Harlow, Clark Gable, Lionel Barrymore, Hattie McDaniel y Walter Pidgeon en los papeles principales.
Ambientada en Saratoga Springs, cuya esencia está en las apuestas, las carreras de caballos, la élite y el dinero como símbolo de un estatus definitivo, la historia sigue a Duke Bradley (Clark Gable), un hábil corredor de apuestas y Carol Clayton (Jean Harlow), una bella joven, novia de uno de los hombres más ricos del país.
El destino los une a partir de una deuda: tras la muerte del padre de Carol, arruinado económicamente por el juego, ella decide saldar lo que se le debe a Bradley. Sin embargo, lo que comienza como una relación basada en intereses económicos, no tarda en transformarse en un vínculo más complejo, donde el orgullo, el deseo, el dinero y las distinciones sociales entran en tensión, y donde el entorno está marcado por la ambición, el riesgo y el dinero.
En una productora con tanta presencia en Hollywood como la Metro-Goldwyn-Mayer, reconocida por reunir a más estrellas que el cielo, decidieron que Clark Gable y Jean Harlow compartiesen pantalla por sexta ocasión, luego de que hubiera alguna discordia en quién encarnaría a la enigmática Carol Clayton (se pensaba en otras grandes estrellas como Joan Crawford o Carole Lombard). Basta ver las otras películas que hicieron juntos para comprender por qué, para ese entonces, seguían trabajando juntos; independientemente de la historia que se presentase, la química entre ambos actores era indudable. Por ejemplo, en Saratoga, la actitud tan segura y hábil del personaje de Gable, contrastada con la inteligencia de Harlow, construye la relación marcada por la tensión y un creciente romance entre ambos, que en un punto ya se olvida de la razón inicial por la que se unieron para centrarse en la inevitable confesión de sus sentimientos. Los diálogos rápidos y ágiles de ambos, la seguridad con la que el personaje de Harlow se enfrenta en repetidas ocasiones al de Gable o el “te quiero” como frase distintiva de Duke que evoluciona de sentido y significado conforme avanza la película llena de química cada escena en este largometraje.
Pero lo que destaca no se limita a cuestiones de química y romance; el significado del dinero, el estatus y los intereses, mostrados ante una temática tan singular pero novedosa como las carreras de caballos, hace que se pueda analizar la complejidad de los personajes y qué representa cada uno.
Carol posee la comodidad de la certeza y el estatus que le brinda su esposo millonario, Duke ha mantenido la agilidad para abrirse camino y hacerse respetar en ese entorno, y el personaje de John Barrymore se niega a involucrarse en los ambientes de su nieta y despedirse del estilo de vida que está adherido a su identidad. De este modo, el dinero, el sentido de la propia vida y el destino adquieren un papel central que lleva a la película más allá de una historia de amor convencional.
Por otra parte, hablar sobre lo que ocurrió durante el desarrollo de esta producción de la MGM es casi tan revelador como contar su final, ya que conocer lo acontecido transforma la experiencia de ver Saratoga. Con casi el 90 % de la película completada, el 27 de mayo de 1937 Jean Harlow filmaba una escena junto a Walter Pidgeon cuando se desvaneció. Falleció el 7 de junio de ese mismo año, con apenas 26 años, a causa del deterioro de su salud provocado por las secuelas de la fiebre escarlatina que había padecido en la infancia, agravadas por otros problemas médicos. Aunque el estudio contempló archivar el material filmado y rehacer la película con actrices como Virginia Bruce o Jean Arthur, los fans de Harlow se opusieron a la idea. Para completar las escenas restantes se recurrió a dobles (Mary Dees y Geraldine Dvorak, cuyo trabajo se reconoce) y se redujo al mínimo la presencia del personaje.
En este sentido, Saratoga no solo se sostiene como una historia romántica ambientada en el mundo de las apuestas y los caballos, sino también como un reflejo del sistema de estrellas que definió al Hollywood de los años treinta. La película se vuelve sinónimo de melancolía y nostalgia al conocer la historia de Jean Harlow y sus escenas se resignifican. Así, deja de ser únicamente una comedia romántica para consolidarse como una estrella más dentro del firmamento del cine clásico de Hollywood, una época lejana a la nuestra, pero cuyo legado conserva la potencia necesaria para seguir despertando el interés de nuevas generaciones.
Judy Garland & Lena Horne
Si hay algo que brota de esta interacción musical además de talento y respeto, es una profunda alegría tan genuina que no se puede parar de mirar. Lena Horne y Judy Garland, dos estrellas de la MGM de los 40 y dos monumentos a la habilidad vocal, se rinden homenaje mutuo en este dúo imperdible.
Desert Fury (1947) – Lewis Allen


Por Cecilia Malacrida
Dos hombres llegan a un pueblo, pasando un puente en el que aún se ven las marcas de un accidente. El paisaje es desértico, casi opresivo, parece respirar el aire seco del pasado. Tanto así que dan ganas de tomarse unas cervezas bien frías.
Así arranca “Desert Fury”, uno de los experimentos más atípicos e interesantes del cine negro. Sí, de verdad. Aunque seguramente no sea tan conocida como, por ejemplo, Leave Her to Heaven (1945), esta película también le apostó al color para mostrar que se puede hacer este tipo de cine muy lejos de las sombras y los tonos grises. La fotografía de Charles Lang y Edward Cronjager, con un Technicolor absolutamente intenso (dirigido por Natalie Kalmus, cual maestra de ceremonias del arco iris) pinta un universo vistoso y casi extravagante que, aunque se disfrace con colores brillantes, es puro cine negro, porque nos recuerda que la oscuridad es algo que llevamos con nosotros a toda hora. La tierra roja y el cielo azul crean una paleta exuberante que quita el aliento y compone el entorno casi erótico de un paisaje que no es lo suficientemente grande para contener a los personajes. Y el vestuario, diseñado por Edith Head, termina de armar la psicología cromática de un extraño mundo que no se molesta en esconderse: las relaciones tóxicas y casi fetichistas, la pasión y el deseo sin nombre que no se expresa con palabras sino con acciones, y ese puente que no lleva a ningún lado. O, si lo hace, tal vez sea al destino más noir de todos: uno mismo.
El guion, de Robert Rossen y A. I. Bezzerides, también se corre de los lugares comunes del género para contar una historia que tiene lugar no en una gran ciudad sino en el pequeño pueblo de Chuckawalla. Pronto veremos que está lleno de secretos y traiciones, y que la negrura no la encontramos en el paisaje sino en los personajes y en sus relaciones, tanto entre todos ellos como con sí mismos. Jugando con la clásica dualidad del «pueblo chico, infierno grande», aún bajo el sol del lugar más tranquilo se puede esconder lo más siniestro y lo más oscuro.
Y aquí se empezarán a cruzar el pasado con el presente. Pronto conoceremos a Paula Haller (Lizabeth Scott), una joven algo rebelde que vuelve al pueblo para hacer una pausa y encontrarse a sí misma, cortando el vínculo casi tóxico con su madre Fritzi (Mary Astor), quién regentea un exitoso casino y es básicamente la dueña y señora del pueblo. También aparece Tom Hanson (Burt Lancaster), un hombre honesto (quizás el único en el pueblo), que es el ayudante del sheriff y está enamorado de Paula. Y no nos olvidemos de los muchachos: Eddie Bendix (John Hodiak), un jugador que tiene bastante historia con Fritzi, y su secuaz Johnny Ryan (Wendell Corey), quienes después de tomarse esas cervecitas, buscarán hacer negocios, inevitablemente algo turbios y oscuros.
En esta historia, nadie parece encontrar su camino ni ser lo que aparenta, quizás porque, en el fondo, nadie es quien quiere ser. Fritzi quiere que Paula sea aceptada por los vecinos del pueblo, y para eso llega al punto de sobornar a Tom para que se case con Paula. Tom quiere a Paula, pero sinceramente y no por obligación. Y Paula busca su independencia. Cuando conoce a Eddie, en él ve algo desconocido y excitante que parece ofrecerle la posibilidad de elegir algo por sí misma y de distanciarse de lo que su madre y el mundo esperan de ella. Y Eddie, con la excusa de pasar una temporada en el desierto, busca algo propio, un lugar donde nadie quiere nada de él. Pero, tal cómo lo expresa Fritzi, todo lo que uno quiere de verdad cuesta mucho, y nada resultará fácil.
Una de las cosas más interesantes de esta película es que es dominada no por sus personajes principales sino por aquellos que entre telones dirigen la acción, y que además parecen dar vuelta varios estereotipos. Fritzi es una mujer «masculina» en su forma de vestir, hacer, negociar; todo lo resuelve con dinero, y así marca las reglas y el pulso del pueblo. Es dura, implacable, pero en el fondo la mueve el amor. A Johnny, de alguna manera, también, y la narrativa así lo muestra, dándole una estructura de triángulo amoroso a los cruces entre él, Eddie y Paula, y sugiriendo un vínculo que es criminal pero también muy personal. En el rancho a las afueras del pueblo, donde se están alojando, Johnny ocupa un rol que se asemeja menos al de un secuaz y más al de una esposa: realiza las tareas domésticas para Eddie, lo cuida, lo aconseja, y hasta parece compartir su habitación. «Hemos estado juntos mucho tiempo»: así se lo cuenta Eddie a Paula, sin vueltas y sin vergüenza.
A pesar de todo, Paula y Eddie pretenden irse juntos del pueblo, pero ese amor obsesivo y controlador, opresivo y pesado como la calma antes de la tormenta llegará a una encrucijada y esperará el momento justo, cómo siempre dicta el cine negro, para explotar. Es cuestión de tiempo.
Finalmente, en ese café al costado de la ruta, camino a Las Vegas, la máscara se cae. En una revelación casi perversa, lo inquietante, lo patético y lo mortal se juntan en la mirada fría e inesquivable de quien mata (y ama) desde las sombras, y Paula descubre que Eddie, ese hombre que ella deseaba, era una cáscara vacía. El color híper saturado, casi como una pesadilla que no se esfuma del todo al despertar, hace delirar y pinta un paisaje que invita a perderse a quienes, de alguna manera, ya están perdidos, y en ese puente inescapable que espera hace años, allí se cierra esta historia. Esas dos vidas enredadas (tanto que no se sabe dónde una empieza y la otra termina) no pueden ir muy lejos la una sin la otra, tienen que irse juntas, en una simbiosis de sangre, hasta el final.
Algún día, arreglarán ese puente, pero otras cosas jamás se arreglarán. Después de todo lo que ha pasado, y de descubrir que el otro no es quien uno creía, ¿qué queda? Para Paula, aparentemente, crecer y madurar. Hemos visto, junto a ella, un amor que se parecía mucho a la violencia. Ahora la veremos descubrir que puede ser alguien más que «la hija del pecado», y elegir un destino seguro, donde su rebeldía parece casi desaparecer. Pero tal vez la reconciliación con su madre y el futuro con Tom solo sean posibles con una oportunidad de escape, por más pequeña que sea, y por suerte todavía quedan la fuerza y el color del paisaje y el camino abierto, que quizás ayuden a Paula a descubrirse a sí misma por fin. Porque a veces, el destino está, como ella misma lo ha expresado, «sola en el desierto, con la artemisa y el cielo», en ese lugar que invita a perderse, sí, pero también a encontrarse. Si ven esta película y se convencen de que es un clásico perdido, me deben una cerveza.
James Cagney – Something to Sing About
No se consigue más Cagney que esto. Cinco años antes de encarnar al Yankee Doodle Dandy, James Cagney interpretó a un hoofer en un musical para Grand National Pictures, en uno de sus tantos impases con la Warner. En este número lo vemos en top hat and tails, a puros saltos y en clave vaudeville, con un estilo tan propio que se vuelve indistinguible de su ser y que luego haría inmortal a su interpretación del gran George M. Cohan.
Bells Are Ringing (1960) – Vincente Minnelli

Vincente Minnelli y la magia de enamorarse de una voz
Hay algo súper cinematográfico en escuchar una voz y empezar a imaginar la cara de quien habla. Mucho antes de que existieran las redes sociales o las apps de citas, Bells Are Ringing (1960) ya sabía que las personas rara vez nos mostramos tal cual somos. Primero armamos una versión nuestra, improvisamos un personaje y recién después (si hay suerte) dejamos asomar quiénes somos de verdad. Dirigida por Vincente Minnelli, lo que arranca como una comedia romántica sobre un servicio de mensajes telefónicos se vuelve una hermosa reflexión sobre la identidad, la imaginación y las ganas de conectar con alguien.
La protagonista es Ella Peterson (Judy Holliday), que trabaja atendiendo llamadas en Susanswerphone, una empresa que le pasa recados a gente demasiado ocupada. Su rutina es pura actuación porque cambia el tono, inventa respuestas, da consejos, calma nervios y acompaña a los que están solos. Sin proponérselo, termina convirtiéndose en actriz transformando un escritorio, un auricular y su propia voz en un escenario completo.
Y es que a Minnelli siempre le encantó transformar lo cotidiano en un escenario. Si en The Band Wagon (1953) el teatro era el lugar donde el arte y la vida se mezclaban, acá todo eso se reduce a un cable de teléfono, pero la idea es la misma: todos estamos interpretando un papel. Ella hace de mil mujeres distintas mientras que Jeffrey Moss (Dean Martin), el dramaturgo al que atiende, encarna al artista brillante que está tapado por un bloqueo creativo; y hasta los propios clientes arman un personaje cuando llaman. Nadie se muestra al desnudo: todos ensayan una identidad antes de mostrarse tal cual son.
Lo lindo es que Minnelli no juzga ese artificio. Al contrario, nos dice que las máscaras no siempre están para ocultarnos; a veces son el único atajo que tenemos para decir lo que todavía no nos sale decir con nuestras propias palabras. Es la gran marca de su cine: sus personajes cantan cuando hablar ya no alcanza, bailan cuando el cuerpo dice más que el idioma y se inventan mundos porque la realidad a veces se queda corta. En esta película, ese artificio viaja a través de una línea telefónica.
Décadas antes de que Internet nos cambiara la forma de relacionarnos, la peli ya intuía que el amor empieza en la imaginación. No conocemos realmente a la persona que está del otro lado porque primero la inventamos. La voz funciona como el cine: llena los huecos, crea imágenes invisibles y transforma la ausencia en presencia. Al final, lo que no se ve importa tanto como lo que aparece en pantalla.
Como en buena parte de su obra, el caos de las llamadas que se cruzan, las puertas que se abren y cierran, y los enredos se mueven con la precisión de un baile. Aunque nadie baile formalmente, Minnelli sigue coreografiando los movimientos y las miradas. El musical nunca desaparece sino que simplemente cambia de forma. Ahora la danza está en la velocidad de los diálogos, en cómo se mueven los personajes y en ese balance perfecto entre el humor y el romance.
Quizás por eso Bells Are Ringing se convierte en una película especial dentro de su carrera. No necesita despliegues gigantes para hablar de lo que siempre le importó: personas que buscan un lugar donde alguien las vea de verdad. Detrás de cada personaje hay alguien esperando que el otro atraviese la representación y descubra quién es.
Si algo entendió Minnelli es que el truco, el color, la música o una simple llamada telefónica no son enemigos de la verdad, sino caminos para llegar a ella. Y entonces llega Just in Time donde Judy Holliday y Dean Martin cantan como si el mundo pudiera detenerse por unos minutos, mientras Nueva York vuelve a convertirse, como en The Clock, en esa ciudad donde el azar siempre encuentra un rincón para el amor. Por eso tal vez seguimos regresando a películas como esta: porque el cine tiene eso de hacernos creer que justo a tiempo, alguien puede aparecer para cambiarlo todo.
Ginger Rogers & Bob Hope
Con la llegada de nuevos formatos siempre parecen hacerse presente dos fuerzas opuestas: la de olvidar todo lo anterior y la de recuperar lo antiguo e integrarlo a lo nuevo. Esto pasó con el vaudeville durante el boom de la televisión en los 50, al punto de que llegó a haber un pseudo revival. Aquí, un hermoso ejemplo de la mano de dos grandes del entretenimiento: Ginger Rogers y Bob Hope nos deleitan con un tradicional soft shoe.
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Madres en el cine clásico
Celebramos a las madres en el cine con seis historias que ponen en el centro a esta figura, así como su entrega, sacrificio y coraje.














