Edición Sunset

Febrero 2026


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Celina Alba Posse nos invita a recorrer la carrera de una actriz que es puro fuego, talento y belleza con cuatro películas imperdibles.

Ya no hacen las canciones como en los años 30. Podemos estar seguros de que la letra es de Cole Porter cuando habla de una señora de la alta sociedad que lamenta no poder asistir a un almuerzo antes de ser asesinada por la mafia por haberle disparado a su amante.

En este video tenemos todo el acting de la canción de la mano de Fred Astaire en el rol del mayordomo que le cuenta a Barrie Chase todo el chisme, seguido de un tradicional baile fredasteriano que aprovecha al máximo todos los muebles posibles.

El arquitecto de una patria íntima

Por Mery Linares

@meryandthemovies

Nada como el cine de John Ford para entender que filmar es, ante todo, una manera de recordar, pero recordar en clave de preservar. Si algo entendía «el viejo» es que el tiempo siempre amenaza con borrarlo todo, y por eso su cine resguardó no solo paisajes o héroes, sino también hogares, comunidades, rostros y rituales. No existen ojos como los de Ford para captar la textura de una tierra habitada. En su territorio, casi todos los hombres buscan algo que no siempre pueden nombrar, pero el encuadre y la composición de Ford lo nombran por ellos. De esos planos se desprenden el hogar, el perdón, la pertenencia y, finalmente, la verdad.

El mito frente a la cámara

Se ha escrito tanto sobre él… Que fue el gran constructor del western, el arquitecto del mito americano, el hombre que convirtió a John Wayne en ícono e inventó la forma de mirar el horizonte. Pero, ¿y si el cine de Ford fuera mucho más íntimo de lo que su épica sugiere?

En el famoso documental de Peter Bogdanovich, Directed by John Ford (1971), cuando el entrevistador le pregunta cómo filmó una de sus películas, Ford responde seco: «Con una cámara». La frase es cortante, casi despectiva, y nos provoca una sonrisa. Pero, ¿y si esa respuesta fuera la más honesta de todas? Quizás la cámara realmente lo era todo para él: el instrumento que le permitía mirar el mundo desde la poética de la vulnerabilidad. Aquel hombre forjado en la dureza de una infancia de inmigrante irlandés encontró en el encuadre el único espacio donde podía permitirse aflojar la coraza.

Hombres que se permiten fallar

Suele decirse que el cine de Ford es un territorio de hombres. Es cierto, en él hay soldados, vaqueros, políticos y boxeadores. Pero reducirlo a eso es perder la fibra sensible que los atraviesa. Sus héroes no son monumentos de piedra; son criaturas que intentan comprender su propia fragilidad.

Así como pelean, también dudan y se equivocan. Sobre todo, necesitan de los otros. Esa es la clave: Ford filmó a hombres intentando «ablandarse» en un mundo que les exigía una dureza implacable. Lo vemos en The Quiet Man, donde un exboxeador regresa a Irlanda buscando paz. Aunque la violencia está latente, lo que persiste es la posibilidad del amor y el deseo de ser aceptado en una comunidad.

La comunidad como refugio

En el universo fordiano, nadie está completamente solo, aunque la soledad sea una amenaza constante. La identidad siempre se recupera a través del otro. Si observamos en Stagecoach, un grupo de desconocidos atraviesa el peligro y, en ese trayecto, dejan de ser extraños para convertirse en un tejido vivo. En How Green Was My Valley, la familia es el último bastión frente a una comunidad que se desmorona ante el progreso. En The Grapes of Wrath, los desplazados de la Gran Depresión se sostienen mutuamente para salvar lo único que no pueden quitarles: su dignidad.

La tierra tiene memoria

Nadie filmó la tierra como él porque para Ford claramente el paisaje nunca es neutral. En The Searchers, el Monument Valley no es solo un escenario; es el destino mismo. Es el espacio donde Ethan Edwards se pierde y, a la vez, se define. Ese encuadre icónico del final es una tesis visual sobre la pertenencia. Pero también en esos espacios filma lo que la geografía le hace al alma. El paisaje te cobija o te desampara; es herida y es memoria. En How Green Was My Valley, el valle es la infancia perdida; en The Grapes of Wrath, la tierra prometida se transforma en el rostro amargo del desarraigo.

El director de todos

Directores como Steven Spielberg han señalado que John Ford siempre vivirá mientras existan sus películas, y Orson Welles lo llamó «poeta y comediante». Ambos tenían razón. En la sencillez de su estilo clásico reside su mayor fuerza: la cámara siempre está al servicio de la emoción y de la historia.

Ford nos acercó a la «patria íntima» de quienes buscan su lugar en el mundo. Quizás por eso su cine sigue vivo. Porque más allá del mito, nos dejó una forma de mirar a los demás con respeto, con humor y, por qué no, con un toque de amargura. Su mundo no es siempre noble ni luminoso; hay orgullo, prejuicio, mentiras y violencia. Pero al imprimir la leyenda, Ford nunca dejó fuera de campo la verdad de nuestra humanidad. Por eso, sus imágenes siguen interpelándonos hoy, bajo la misma luz de aquel horizonte que él inventó.

The Birth of the Blues es una canción cuya letra plasma los inicios del blues y del jazz en los sonidos de la naturaleza. Aquí disfrutamos de la versión más showiz de este tema en la famosa presentación de Mitzi Gaynor en lo de Ed Sullivan (el día que se rompió el aire acondicionado) en 1964.

Mucho se dice de la sensualidad en una era en la que lo explícito estaba prohibido y de cómo, muchas veces, lo más implícito puede ser lo más sugerente. Esta escena de Picnic, con dos actores que son, en esencia, fuego puro, Kim Novak y William Holden, es un gran ejemplo de esa idea.

Además de la expresión de atracción a través del baile, la escena es una clase de musicalidad, con unas pausas exactas en los momentos de break de la hermosa Moonglow.

Póster de The Strawberry Blonde

Debo admitir que tengo una pasión irrefrenable por las películas del «Turn of the Century» y esta no es la excepción. The Strawberry Blonde es una comedia sencilla pero que con un par de elementos particulares se vuelve una historia muy especial.

Y esos elementos son los actores que forman la pareja protagonista. El primero es sin dudas James Cagney, que aquí se aparta de su rol de mafioso trágico y se mueve hacia el área alrededor del vaudeville que le quedaba igual de cómoda. Su energía e intensidad características no desaparecen, pero se transforman en picardía, ritmo, humor y melancolía. Su corporalidad parece estar siempre tan dispuesta tanto a trompearse con el vecino como a conquistar a su amor.

El segundo elemento es la maravillosa Olivia de Havilland. Para ella también su personaje significó un rol distinto, parte de su etapa de exploración de papeles interesantes que le dieran la oportunidad de mostrar su talento. Aquí nos deleita con una cantidad de gestos y un timing para la comedia y el romance increíbles. Encarna el modelo de la sufragista de principios de siglo que no tiene problemas en guiñarle el ojo a un desconocido o en reconocer que su tía es actriz. Junto a Cagney forman una pareja diferente que se vuelve el motor del film.

Se trata, además, casi del descubrimiento de una joven Rita Hayworth. Aunque el título y el primer foco de la trama se centra en ella, su personaje es más bien un impulso para el desarrollo de la pareja protagonista. Debido al blanco y negro, solo nos queda imaginarnos lo que luego sería el rasgo distintivo de su figura, su pelo rojo, a través de la admiración de todos los chicos del barrio. Rita entiende perfectamente lo que la película y su papel necesitan y encarna la mezcla perfecta entre idealización y parodia.

The Strawberry Blonde es una de esas bellas rarezas que combina comedia, romance y drama como si se tratara siempre del mismo idioma. Hay un poco de sátira sobre las clases altas e incluye todas las representaciones típicas de cómo en los 40 entendían el turn of the century, una época de relaciones más sencillas y más honestas.

La música acompaña toda esta construcción de época con canciones de principios de siglo como The Band Played On y Meet Me in St. Louis, Louie, que se van entretejiendo en la trama y anclan a los personajes en un tiempo que ya, para el público de 1941, empezaba a sentirse demasiado lejano.

Nostalgia, parodia y sentimentalismo inundan la pantalla en una historia bien de los años 40 que ya da cuenta de aquel mundo que parece perdido tras las guerras. Tiene sentido revisitarla para dejarse envolver en este mundo de la vida familiar de antaño y para disfrutar de dos actores estrella de la Warner jugando en un registro distinto.

Siguiendo en el tren del «Turn of the Century», la cumpleañera de este mes, Vera-Ellen, prueba que no es ninguna girl-next-door en este número de The Belle of New York, hermoso musical de MGM que protagoniza junto a Fred Astaire. Para esta canción, la voz de Vera fue doblada por Anita Ellis, que también dobló a Rita Hayworth en Gilda.

Qué placer cuando una canción se puede transformar fácilmente en una conversación con risas, y eso es lo que permite el jazz, especialmente cuando está comandado por dos enormes talentos de la voz y el show como Andy Williams y Pearl Bailey.

Ya sabemos que Pearl convierte todo lo que hace en un sketch de pura energía y aquí hace la combinación perfecta con la suavidad y naturalidad de Andy en un clásico número de «trabajar desde la silla» que incluye un adorable momento de soft shoe. Quién pudiera tener esa simple life.

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