
Edición Sunset
Noviembre 2025
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Claude Rains
Este mes nos toca enfocarnos en un actor que logra dominar cada escena desde la sutileza, la elegancia y un magnetismo irresistible. Basta un par de minutos de cualquiera de los trabajos de Claude Rains para sentirse dominado por su presencia y talento.
Nacido en Londres el 10 de noviembre de 1889, hijo de un actor de teatro, Rains creció entre bambalinas y aprendió el oficio prácticamente desde la cuna. Con los años se volvió una figura habitual del West End y un maestro respetado en la Royal Academy of Dramatic Arts. En 1927 cruzó el Atlántico y se ganó un lugar en Broadway antes de llegar al cine. Aunque ya había grabado una película en 1920 en Inglaterra, su debut en la pantalla grande estadounidense llegó en 1933 con The Invisible Man, uno de los más icónicos monstruos de Universal, en la que, aunque no podemos verlo, podemos sentir su genio actoral en todo momento.
A partir de ahí, su filmografía se volvió un catálogo de personajes complejos, muchos de ellos villanos refinados de pura ironía, cálculo y, a veces, una humanidad escondida. Bajo contrato con la Warner, estudio que lo tuvo como una de sus estrellas más brillantes, fue el príncipe John en The Adventures of Robin Hood (1938), Dr. Tower en Kings Row (1942) y el inolvidable capitán Renault de Casablanca (1942), ese policía cínico que se indigna del juego ilegal mientras recibe sus propias ganancias.
Con Columbia fue el senador corrupto que desafió hasta el desmayo a James Stewart en Mr. Smith Goes to Washington (1939) y fue de nuevo un villano de Universal en Phantom of the Opera (1943). Con el maestro del suspenso, encarnó al tercero en discordia en la fenomenal Notorious (1946), junto a Cary Grant e Ingrid Bergman.
Una colega que lo nombró como su pareja favorita en varias ocasiones fue la gran Bette Davis, con quien Rains compartió pantalla en cuatro oportunidades: Juarez (1939), Now, Voyager (1942), Mr. Skeffington (1944) y Deception (1946). En el rol del Sr. Skeffington está particularmente sublime y nos da una de sus interpretaciones más conmovedoras. También durante los 40 y nuevamente con Michael Curtiz, lideró la trama de The Unsuspected (1947), un noir en el que un conductor de un programa de radio de crímenes termina creando el contenido de sus propios episodios.
Como muchos grandes actores de su época, al llegar los años 50 empezó a diversificar formatos y trabajó en radio y televisión, además de retomar las tablas. Sus útlimos roles en la pantalla grande incluyen Lawrence of Arabia (1962) de David Lean y The Greatest Story Ever Told (1965) de George Stevens.
En cada personaje de Rains se puede palpar un entendimiento preciso del efecto que tiene cada gesto y de cómo la actuación es un trabajo de todo el cuerpo: una mirada sutil o un cambio de voz pueden transformar el tono de una escena. Ver una de sus películas es saber que, incluso en aquellas en las que ocupa un papel de reparto, cuando aparezca en pantalla, la escena va a ser completamente suya.
Ricardo Montalbán y Cyd Charisse – On an Island with You
Una versión muy hollywoodense del tango nos muestran Cyd Charisse y Ricardo Montalbán en uno de los tantos éxitos de taquilla de Esther Williams, On an Island with You (1948), musical de MGM que dirige Richard Thorpe. Esta es una de las cuatro películas en las que Cyd y Ricardo aparecieron juntos, incluida Mark of the Renegade (1951) de Hugo Fregonese.
Meet Me in St. Louis (1944) – Vincente Minnelli

Hay películas que no funcionan por su conflicto, sino por su clima. Meet Me in St. Louis es exactamente eso: un pequeño universo donde casi nada se rompe y sin embargo, todo parece importar. Vincente Minnelli te abre la puerta de la casa de los Smith como si uno también fuera parte de la familia, al punto de saber dónde guardan la torta y cuándo empieza a caer la tarde en ese living que acoge a toda la parentela.
Lo hermoso es que el “conflicto” tarda más de una hora en aparecer y logra que esa primera parte sea pura experiencia: colores suaves, canciones que se quedan en el aire, la sensación de estar entrando a una postal previa a la Primera Guerra Mundial. Todo huele a esos famosos “good old days” que Hollywood necesitaba recordar mientras el mundo real se llenaba de sombras.

Have Yourself a Merry Little Christmas…
En el tercer acto llega la Navidad, y ahí la película se vuelve otra cosa. Judy Garland frente a la ventana cantando Have Yourself a Merry Little Christmas es una escena que te agarra del pecho para recordarte que crecer es también perder un poco. Judy canta sin exagerar nada, casi como si estuviera hablando. Es hermosa y frágil a la vez, y ese es su superpoder: convertir una canción en un susurro melancólico pero poderoso.
Por eso todo ese pasaje navideño pesa tanto. Minnelli viene trabajando la nostalgia desde el minuto cero, pero recién ahí la suelta por completo. La casa, la familia, los rituales; todo conmueve.
Minnelli y la cámara para iluminar
Decir que Minnelli filma lindo es quedarse corta, pero acá su prodigio transforma lo cotidiano en algo que te estruja. Las tomas largas de la Trolley Song, la escena alrededor del árbol, hasta el momento en que todos vuelven a servirse un pedazo de torta, acá nada está apurado, todo está a su tiempo. Y en esa declaración de principios es como si Minnelli hubiese sacado todos los colores que el Technicolor le permitía para atenuar el mundo real que ya es demasiado gris.
Judy, eterna
No hay forma de hablar de esta película sin decir que Judy es la luz. Tiene esa mezcla de alegría y melancolía que nadie más puede sostener. Uno entiende por qué Minnelli la filma como si el tiempo se detuviera a su alrededor.
Para cerrar…
Meet Me in St. Louis se apoya en la convicción de que el hogar no es una casa, es un clima, es la forma de habitar y estar con otros, y que ahí se esconde el refugio ante el tiempo. La película tiene esa esperanza de que aunque todo cambie, algunas cosas siempre seguirán igual.
The Mills Brothers – The Jones Boy & Up a Lazy River
Los Mills nos deleitan en 1954 con The Jones Boy y su ultra clásico Up a Lazy River, canción de Hoagy Carmichael y Sidney Arodin. A pesar del boom del rock and roll, el trío de hermanos (que aquí aparece junto a su padre) nunca dejó de tener éxitos a lo largo de toda la década del 50.
BUtterfield 8 (1960) – Daniel Mann


Por Celina Alba Posse
@capicomenta
Este noviembre celebramos un nuevo aniversario de BUtterfield 8 (1960), la película que le valió a Elizabeth Taylor su primer Oscar como protagonista después de haber sido nominada cuatro veces consecutivas.
Denominada Una mujer marcada en España y Una Venus en visón en Latinoamérica, la película adapta la novela homónima de John O’Hara y nos revela a la legendaria actriz en una de sus interpretaciones más intensas: Gloria Wandrous, una mujer libre que se niega a encajar en las normas morales de su tiempo, pero que termina pagando el precio de esa libertad.
And the Oscar goes to…
El filme, dirigido por Daniel Mann, llegó a Taylor en un momento de transición en su carrera. Obligada por contrato con la MGM a aceptar el papel, la actriz no ocultó su desinterés inicial por el proyecto. Sin embargo, lo que comenzó como un trabajo “impuesto” terminó por convertirse en una de sus interpretaciones más celebradas, al punto de valerle el reconocimiento más alto de la Academia, tras cuatro nominaciones consecutivas por Raintree County (1957), Cat on a Hot Tin Roof (1958), Suddenly, Last Summer (1959) y, finalmente, BUtterfield 8.
Pero si bien Elizabeth se llevó su primer Oscar por el filme de Mann, su relación con la película —como ella misma admitió— siempre fue compleja. Por un lado, Gloria Wandrous representaba algunas contradicciones femeninas —deseo vs. moral, libertad vs. culpa, independencia vs. amor romántico— que Hollywood solía esquivar o “tocar” muy solapadamente; por otro, Taylor ya estaba agotada del sistema de estudios. Vinculada a MGM desde los años 40, cuando empezó como actriz infantil, veía en BUtterfield 8 más una obligación que una oportunidad artística. A eso se sumaba que detestaba el guion y sentía que el papel explotaba su imagen pública, marcada por el escándalo mediático de su relación con Eddie Fisher. Tras cumplir con el rodaje, rompió definitivamente con el estudio y comenzó una nueva etapa como actriz independiente, eligiendo sus propios proyectos.
Junto a Taylor, el elenco de BUtterfield aportó color al melodrama: Laurence Harvey, en el papel de Weston Liggett, encarna la ambigüedad moral del hombre casado que se enamora de Gloria sin ser capaz de comprometerse del todo; Eddie Fisher, entonces marido de Liz en la vida real, interpreta a Steve Carpenter, el amigo fiel y confidente; mientras que Mildred Dunnock, recordada por Death of a Salesman y Peyton Place, aporta ternura como la madre de la protagonista.
Más allá del mito y los dimes y diretes que rodean a la película y al Oscar como mejor actriz, BUtterfield 8 destaca por su crítica social retratando la vida de una mujer moderna independiente, que se rehúsa a ser limitada por la opinión de los demás.
¿Y el título?
El título hace referencia a un prefijo telefónico real del Upper East Side de Manhattan –BUtterfield 8–, nombre que usaban las operadoras antes de marcar los números, y que es el responsable de conectar a los protagonistas.
Lejos de ser una simple historia de escándalo, BUtterfield 8 consolidó a Elizabeth Taylor como una actriz sin miedo a mirar de frente las zonas más incómodas de su tiempo, y a encararlas con una honestidad feroz tan característica de ella.
Con frases impactantes como “Mama, face it: I was the slut of all time!”, Elizabeth canaliza como nadie la furia y la vulnerabilidad de una generación de mujeres que empezaba a cuestionar los mandatos sobre el deseo y la respetabilidad. Es cierto que en muchos sentidos, Gloria Wandrous reflejaba parte de lo que atravesaba la propia Elizabeth —entonces en el centro de la atención mediática por su vida personal— y quizás por eso nunca logró reconciliarse del todo con el personaje ni con la película. Aun así, su interpretación le valió, muy merecidamente, el primer Oscar de su carrera… y el resto es historia.
Funny Face
Qué dúo inesperado pero deslumbrante que son Kay Thompson y Audrey Hepburn en Funny Face (1957), musical de Stanley Donen que es una gran cruza entre la fantasía del musical y la parodia. Aquí las chicas nos enseñan cómo ser encantadoras con On How to Be Lovely.
No abras nunca esa puerta (1952) – Carlos Hugo Christensen

Noirvember también puede celebrarse desde territorio argentino, ya que las décadas del 40 y 50 en nuestro país nos dieron unos ejemplares ilustres del género. No abras nunca esa puerta nos trae dos adaptaciones de William Irish (Alguien al teléfono y El pájaro cantor vuelve al hogar) en un mismo film, que se estrenó poco después de Si muero antes de depertar, otra adaptación del autor dirigida por Christensen.
La película comienza con una frase que nos indica la metáfora que atraviesa y une a las historias que estamos por ver:
El Bien es tu casa iluminada. El Mal es tu selva oscura. Solo una puerta los separa, pero si la cruzas, dos manos te apresarán: la angustia y el dolor. ¡No abras nunca esa puerta!
La primera —la angustia— es un relato corto en el que de algunos retazos de diálogos e imágenes deducimos, junto al protagonista, que su hermana debe mucha plata por el juego. La gran mayoría del tiempo, los espectadores estamos como Ángel Magaña, sin comprender del todo qué sucede, pero atando cabos. De pronto, se teje en el protagonista una venganza y creemos finalmente entender, pero en el final descubrimos que había algo más allá. La ausencia de información es el fuerte de esta historia y es la base de la tragedia final.
La segunda —el dolor— tiene más metraje para la construcción de la trama, por lo que tenemos más tiempo para conocer a los personajes. Aquí se representa a la perfección la idea de que el bien es tu casa iluminada. Ingresamos en un hogar de una señora ciega —interpretada magistralmente por Ilde Pirovano— que espera el regreso de su hijo, a quien le gustaba mucho la música y que nunca ha escrito. Mientras tanto, en la ciudad, un delincuente con cicatriz —Roberto Escalada— asalta un comercio mientras silba el tango Uno. Las vidas de ambos se cruzan cuando el pájaro cantor vuelve al hogar, pero el hijo ya no es quien su madre esperaba.
De esta historia se nos dice al comienzo que se cuenta a través del tacto y del oído, pero que se hará un esfuerzo por contarla de manera visual. Desde el inicio, se nos propone como un planteo casi imposible para el cine, pero Christensen lo hace posible. Durante toda la historia estamos pendientes de aquellos pequeños detalles que son sonoros y no visuales, como el silbido del hijo. Cerca del desenlace, la cámara y la actriz construyen una maravillosa escena de casi puro silencio, planeada oscuridad y el más alto suspenso. Allí se nos hace visualmente evidente que ella puede ver a través del tacto y del oído, y casi que podemos tocar los muebles y escuchar los detalles con ella.
Ambas historias juegan con lo que parece ser claro pero en realidad es oscuro. Christensen logra en los dos relatos ubicarnos, a través del preciso manejo de las luces, de dramáticos primeros planos y de intencionales movimientos de cámara, desde el punto de vista de los protagonistas: en el primero, del de aquel hombre que cruza la puerta del mal para vengar a su hermana sin saber lo que hace; en el segundo, del de una madre que espera hasta el final que su hijo vuelva a casa.
Peggy Lee – How Long Has This Been Going On?
Una de las más grandes de todos los tiempos. Así la introduce Ed Sullivan y con razón a Peggy Lee en este segmento del programa en el que interpreta tres canciones: It’s A Grand Night For Singing, la hermosísima How Long Has This Been Going On? de los Gershwin y Lover, Come Back To Me.
Kate Smith & Dean Martin – Let Me Call You Sweetheart
El programa de Dino estaba tan lleno de talento que hoy parece difícil creer que salió por televisión. Una invitada que es pura potencia y emoción es la gran Kate Smith. Sus estilos contrapuestos no les impiden cantar juntos y regalarnos una hermosa versión de Let Me Call You Sweetheart, un clásico de 1910.
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