Stanley Donen

Stanley Donen: una invitación a la primavera de las cosas

Hay directores que filmaron la realidad y directores que, por suerte para nosotros, decidieron inventar una mejor. Stanley Donen pertenecía a ese grupo de soñadores. Mientras otros se desvelaban por el realismo, él se obsesionaba con el color de un calcetín o con la forma exacta en la que un cuerpo puede desafiar la ley de gravedad sin despeinarse. Entrar al universo de Donen es como entrar a un mundo donde todo brilla, todo se mueve, todo puede ser juego pero, sobre todo, todo puede ser color. Es como esa ráfaga de fucsia que invade la pantalla en Funny Face (1957), donde el gris de la oficina desaparece bajo capas de pintura y gasas, o como ver a Audrey Hepburn corriendo por el Louvre con un vestido rojo; una explosión de color tan desmedida y perfecta que te obliga a olvidar que afuera, en la calle, el mundo sigue siendo en blanco y negro. 

En Funny Face, Donen no solo filmó una historia de amor, sino que encuadró una obsesión estética. En esos encuadres nos regaló a la mejor a Audrey, y se nota que la amaba como se ama a una composición perfecta. Esa escena en el laboratorio fotográfico, bañada en un rojo furioso, no es solo técnica; es puro deseo visual. La cámara de Donen espera a que la cara de Audrey aparezca en el papel revelado como quien mira el agua hasta que, por fin, devuelve un reflejo. Y cuando Fred Astaire la saca a bailar al lago, le pone ese filtro difusor al lente porque sabe que la realidad a veces es demasiado áspera y necesita un poco de suavidad de algodón para ser cine. Donen buscó el momento exacto en el que Audrey, vestida de negro en un bar bohemio, se convierte en un dibujo animado de carne y hueso. Ese baile de brazos largos y movimientos jazzísticos es el director diciéndonos: Miren lo que puedo hacer con una cámara y un cuerpo que no tiene miedo a nada.

Si algo nos enseñó Stanley es que el suelo es una opción y no una regla. Ver a Fred caminando por las paredes y el techo en Royal Wedding (1951) es una experiencia religiosa para cualquiera que ame la magia del cine. Porque tienen todo el ingenio de esa maquinaria y un director que cree que si el amor te hace flotar, la cámara tiene que flotar con uno.

Algo similar ocurre en el granero de Seven Brides for Seven Brothers (1954) donde Stanley convierte un montón de hachas, troncos y tablas en una batería humana. Ahí no hay orquesta, pero todo suena; no hay instrumentos, pero todo vibra. Los cuerpos golpean la madera y la madera responde, como si el espacio mismo hubiera estado esperando ser coreografiado. Y ahí está su magia porque era un cineasta capaz de mirar un tablón y adivinar en él un paso de tap, porque que incluso en lo rústico y en lo áspero puede habitar la gracia, una gracia precisa y lúdica.

Pero no todo era baile para él porque su verdadero sello es el juego, lo lúdico como forma de mirar y de construir el mundo. En Charade (1963), ese juego se vuelve puro lenguaje. El ritmo ya no está en los pies, sino en los diálogos entre Cary Grant y Audrey Hepburn que se persiguen, se esquivan y se rozan con una precisión casi musical. En esos intercambios se condensa todo Donen: la seducción como coreografía y la intriga como juego de ingenio. 

Y en Indiscreet (1958), lleva esa lógica un paso más allá con esa pantalla partida inolvidable: Ingrid Bergman y Cary Grant en ciudades distintas, pero acostados en la misma cama gracias a un montaje que no oculta su artificio, sino que lo vuelve juego. Es el Donen que entiende que el cine reescribe con elegancia la realidad.

En este humilde texto queremos celebrar su aniversario y ese legado de la belleza en lo lúdico, el movimiento y la alegría. Donen nos enseñó que hay una primavera latente en las cosas y que si te descuidás, podés terminar bailando en el techo.

Nos dejó la certeza de que el artificio no es mentira, sino una forma de intensificar la alegría. Mientras exista una pantalla, siempre vamos a preferir el París soñado de Stanley al París real. Es la misma fe ciega que buscamos en la escena de Gene Kelly en Singin’ in the Rain (1952): un hombre que decide que un chaparrón y un resfriado seguro son el escenario perfecto para un zapateo, para la coreografía de la alegría.

Es como decía Audrey, que estar bajo su dirección era como estar flotando. Y nosotros, desde la butaca, aceptamos esa invitación sin condiciones, mojados, felices y suspendidos en ese Technicolor eterno que nos salva del gris de la realidad.

  • Foto de perfil de Mery Linares

    Soy una humilde amante del cine clásico de Hollywood. Cada vez que veo una película de esa época, la historia revive y, con ella, también yo. Defiendo a los musicales con el alma porque, como decía Gene, ahí se bailan sueños. Con el cine de antes mi corazón siempre encuentra su ritmo y acá, como redactora de Edición Sunset, espero que encuentren el suyo.

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