Love in the Afternoon (1957) – Billy Wilder

Je t’aime, Paris. Je t’aime, Billy Wilder
Suena la voz de Maurice Chevalier y ya está. Antes de que aparezca Audrey Hepburn, antes de que Gary Cooper haga una entrada triunfal, Billy Wilder nos avisa de qué va a estar hecha la película: de París, del amor y del cine.
Porque la París de Love in the Afternoon no existe. O mejor dicho: existe únicamente en las películas. Es la París de Ernst Lubitsch, la de Ninotchka, la de las puertas que se abren y se cierran, la de los hoteles elegantes y las conversaciones ingeniosas. También es la París de Love Me Tonight, de Rouben Mamoulian, otra película atravesada por la presencia encantadora de Chevalier. Wilder insistió en filmar en la ciudad real, desde el Palais Garnier, el Ritz, y hasta el Château de Vitry, pero lo que construyó no tiene nada que ver con la geografía. Tiene que ver con la memoria del cine.
Siempre me gustó pensar que algunas ciudades existen dos veces: una en la realidad y otra en nuestro inconsciente cinéfilo. Y por supuesto y menos mal que la París de Wilder pertenece completamente a esa segunda categoría.
Por eso Audrey Hepburn encaja tan bien. Hay pocos rostros en la historia del cine que transmiten mejor la sensación de alguien descubriendo el mundo por primera vez. Su Ariane Chavasse vive fascinada por las historias de amor. Las busca en los archivos de su padre, Claude, un detective privado especializado en adulterios que cada noche vuelve a casa con los expedientes de otras personas como quien trae el diario bajo el brazo. Ariane los lee todos. Los imagina, los reconstruye, y termina persiguiendo una historia propia. Cuando escucha que un cliente furioso planea matar al amante de su esposa, un millonario americano llamado Frank Flannagan que se hospeda en el Ritz cada vez que pasa por París, ella decide ir a avisarle. Ahí empieza todo.
Y entonces aparece Gary Cooper. Lo interesante es que Wilder no elige a cualquier actor para interpretar a Flannagan. Elige a Gary Cooper, a una de las grandes fantasías masculinas que fabricó Hollywood. Era el héroe nortamericano, el hombre que parecía atravesar la vida sin consecuencias. Aunque no fue su primera opción ya que lo llamó primero a Cary Grant quien dijo que no, pero todo pasa por algo. porque Cooper tenía algo, es la cara de alguien que alguna vez fue invencible y ya no lo es tanto.
De hecho, Wilder lo sabía. Cuenta la leyenda que lo fotografió en sombra, con filtros difuminadores, muchas veces de espaldas. Después admitiría que lo había conseguido justo la semana en que Cooper «de repente se puso viejo». Pero esa vejez es exactamente el tema de la película. Porque Love in the Afternoon no trata sobre la seducción sino que trata sobre el tiempo.
La película insiste una y otra vez con la diferencia de edad entre sus protagonistas porque en realidad está hablando de otra cosa. De ese momento en que una persona descubre que ya no puede vivir únicamente de las aventuras. Que tarde o temprano llega el instante donde el encuentro casual tiene que convertirse en amor. Los músicos gitanos que aparecen y reaparecen como un coro griego son el mejor síntoma de eso: una broma perfecta que se vuelve melancólica de tanto repetirse.
Pero nada como el final de esta película. Wilder vuelve a una de las imágenes más románticas que existen en el cine: un tren alejándose de una estación. Como en Love Me Tonight, como en tantas películas clásicas, el tren no es solamente un medio de transporte. Es el tiempo pasando delante de nuestros ojos. Y Billy, que podía ser el más cínico de los románticos, parece susurrarnos algo muy simple: hay trenes que no conviene dejar pasar.
Judy Garland & Charles Walters – Broadway Rhythm
Judy brilla en este número de Presenting Lily Mars (1943) de Norman Taurog junto a Charles Walters, coreógrafo, bailarín y director que más tarde estaría detrás de la cámara en Easter Parade (1948). La canción es Broadway Rhythm, de la dupla Freed-Brown, y la acompaña la banda flotante de Tommy Dorsey.
Cleopatra (1963) – Joseph L. Mankiewicz


Por Celina Alba Posse
@capicomenta
El comienzo de uno de los romances más célebres de Hollywood, la primera actriz en la historia en cobrar un millón de dólares por un solo papel y un rodaje que casi llevó a la quiebra a uno de los más grandes estudios de la industria: estos son solo algunos de los datos detrás de Cleopatra (1963).
Este junio, y a 63 años de su estreno, vale la pena recordar no solo todo lo que rodeó a esta legendaria producción, sino también celebrar a una de las mayores epopeyas del Hollywood clásico y, para muchos, uno de los últimos espectáculos de una era de superproducciones antes de que el Nuevo Hollywood cambiara el cine para siempre.
Érase una vez…
En junio de 1963 se estrenó Cleopatra, la megaproducción de 20th Century Fox dirigida por Joseph L. Mankiewicz y protagonizada por Elizabeth Taylor, Richard Burton y Rex Harrison. La idea nació del productor Walter Wanger (Queen Christina, Joan of Arc), quien llevaba años queriendo realizar una biografía definitiva de la célebre reina egipcia e incluso ya tenía un director en mente: Rouben Mamoulian, con quien ya había colaborado. ¿Lo que nadie previó? Prácticamente todo saldría mal…
Se había elegido Inglaterra para realizar la filmación, pero el característico clima británico hacía imposible recrear el Mediterráneo, los decorados resultaron poco prácticos y para agravar la situación, Elizabeth Taylor enfermó de neumonía, llegando incluso a requerir una traqueotomía de urgencia. El estudio decidió cancelar ese primer rodaje y empezar desde cero en Italia. Allí entró en escena Joseph L. Mankiewicz.
“Mank” no era un director cualquiera: venía de realizar las aclamadas A Letter to Three Wives (1949), All About Eve (1950), Julius Caesar (1953) y The Barefoot Contessa (1954), y su objetivo no era hacer solamente un espectáculo visual, sino un gran drama político centrado en tres legendarias figuras históricas: Cleopatra, Julio César y Marco Antonio.
Inspirada en The Life and Times of Cleopatra, de Carlo Maria Franzero, la película recorre los últimos años del reinado de Cleopatra VII y su compleja relación con dos de las figuras masculinas más influyentes de Roma, dividiéndose en dos grandes actos: uno enfocado en Cleopatra y Julio César (interpretado por Rex Harrison), en el cual Cleopatra busca asegurar su trono y el futuro de Egipto, y otro centrado en la reina y su apasionado romance con Antonio (interpretado por Richard Burton), luego de la muerte de César.
Con más de cuatro horas de duración, la película aspiraba a recuperar la tradición de las grandes epopeyas históricas de Hollywood. Sin embargo, detrás de su impresionante estética, también hubo espacio para intrigas palaciegas y personajes complejos. Esa combinación entre espectáculo y drama político es, precisamente, uno de los rasgos que la hacen brillar entre otras superproducciones de su época.
La actriz del millón de dólares
Es casi imposible no hablar de Cleopatra y el contrato de Elizabeth Taylor. Tras cumplir —no sin cierta resistencia— con Butterfield 8 (1960), la última película de su contrato con la Metro-Goldwyn-Mayer, la actriz quedó finalmente libre del estudio. Cleopatra sería su primer proyecto fuera de la MGM y el comienzo de una nueva etapa en su carrera.
Todos querían a Elizabeth, y para convencerla de interpretar a la legendaria reina egipcia, 20th Century-Fox le ofreció un contrato sin precedentes: un millón de dólares, convirtiéndola en la primera actriz de Hollywood en recibir esa cifra por un solo papel, estableciendo un nuevo estándar en las negociaciones de las grandes estrellas y redefiniendo para siempre el poder de las mujeres de la industria.
Pero el millón de dólares de Taylor fue apenas el comienzo: los constantes retrasos, la cancelación del primer rodaje en Inglaterra, la reconstrucción de los sets en Italia y las interminables reescrituras del guion por parte de Mank hicieron que el presupuesto se disparara hasta convertirla en la película más cara jamás realizada hasta ese momento. Aunque terminó siendo la película más taquillera de 1963, sus costos eran tan elevados que la recaudación inicial no alcanzó para compensarlos, dejando a la 20th Century Fox en una situación financiera crítica.
Un legado que sobrevivió al escándalo
Recordar a Cleopatra siempre incluye rememorar la relación entre Elizabeth Taylor y Richard Burton. Durante el rodaje ambos estaban casados con otras personas, y el inicio de su romance ocupó titulares en todo el mundo. La controversia fue tal que llegó a ser condenada públicamente por líderes políticos y por el propio Vaticano.
Sin embargo, con el paso del tiempo, el escándalo dejó de ser el centro de la conversación y la película comenzó a ser redescubierta por sus propios méritos. Su fastuoso diseño de producción, la fotografía de Leon Shamroy y el extraordinario vestuario de Irene Sharaff —cada uno de ellos reconocidos con el Oscar— dieron forma a una de las recreaciones más deslumbrantes del mundo antiguo que haya visto el cine. Solo Elizabeth Taylor luce 65 cambios de vestuario, entre ellos el mítico vestido confeccionado con láminas de oro de 24 quilates, una muestra de la ambición que definió toda la producción y que justifica por qué más de seis décadas después, la imagen de Taylor en la piel de la reina sigue siendo una de las más reconocibles de la historia del cine.
La interpretación de Taylor también merece una segunda mirada: su Cleopatra no es únicamente una seductora legendaria, es una gobernante inteligente, carismática y plenamente consciente de que el destino de Egipto depende tanto de su capacidad política como de su habilidad para negociar con Roma. Y, para sorpresa de nadie, fue y sigue siendo la representación cinematográfica definitiva de la reina egipcia.
Paradójicamente, pero como suele pasar al transcurrir los años, una película que durante mucho tiempo fue recordada por sus excesos, su presupuesto descomunal y el romance de sus protagonistas terminó encontrando un lugar entre los grandes clásicos épicos de Hollywood. Cleopatra no solo cambió la historia de una industria; también fue responsable de consolidar para siempre el mito cinematográfico de Elizabeth Taylor.
Benny Goodman – I Want To Be Happy
Imposible no ser un poco más feliz cuando suena Benny. Aquí interpreta, junto al vibráfono de Red Norvo y una banda de lujo, la canción «I Want To Be Happy» (que tal vez recuerden en la versión de Ella y Chick Webb), en el programa de Ed Sullivan en 1960.
La grande illusion (1937) – Jean Renoir


Por Cecilia Malacrida
A veces, el odio de un fascista puede ser el mejor elogio. Parece raro empezar una reseña de esta manera, pero esto es justamente lo que ocurre con «La gran ilusión». Esta película, estrenada en el año 1937, y dirigida y escrita por Jean Renoir, fue censurada tanto en Italia por Mussolini como en Alemania por Goebbels, quien inclusive declaró al director como «enemigo cinematográfico número uno» y ordenó destruir la cinta. Afortunadamente, y por mucho que les pese a los fascistas, la misma sobrevivió hasta nuestros días para contarnos una historia antibélica y profundamente humanista.
Isn’t It Romantic? – Love Me Tonight
Una serie de genialidades se hilan en esta escena como las secuencias unidas por la misma canción. Estas incluyen: canto a la cámara, conciencia de la canción en la letra, diálogo integrado en la música, una misma canción en boca de múltiples personajes como si cada uno la conociera y la descubriera por primera vez al mismo tiempo y, sobre todo, una transición de escenas guiada por la extensión de la canción. El cine musical nunca fue tan experimental como en sus inicios. Disfruten de la maravilla de comedia que es Love Me Tonight (1932) de Rouben Mamoulian y no se pierdan la película completa.
The Ghost and Mrs. Muir (1947) – Joseph L. Mankiewicz

El amor a destiempo
Siempre me parecieron irresistibles esas historias de amor donde el tiempo o la geografía no coinciden, porque muestran esa complejidad que la vida presenta donde muchas veces estamos más a contratiempos que en oportunidades donde todo encaja. Pero, ¿qué ocurre cuando al tiempo y la distancia se les suma un obstáculo todavía mayor: no compartir siquiera el mismo plano de existencia? En esa intrincación se asoma una joyita del director Joseph L. Mankiewicz al que solemos recordar por All About Eve, pero apenas unos años antes dirigió esta joya menos celebrada, con una Gene Tierney celestial y un Rex Harrison irresistible.
La premisa suena casi a comedia romántica: viuda independiente se muda a casa embrujada, el fantasma del dueño intenta echarla, no puede, y terminan enamorándose mientras él le dicta sus memorias para que ella pueda pagar el alquiler. Pero Mankiewicz hace algo con eso que va mucho más allá del género. Filma una historia sobre el amor y la melancolía con tanto encanto que duele un poco.
Lucy Muir no es la viuda típica. Ella no busca un nuevo marido y tampoco se somete a la familia política. Ella repite «estamos en el siglo XX» como un mantra y se lo cumple a sí misma antes que a nadie. El Capitán Gregg, en cambio, es todo lo que Lucy no es: ruidoso, desordenado, lleno de vida en el sentido más literal y más irónico del término ya que está muerto. Lo que los une es el lenguaje. Él le dicta, ella escribe, y en ese intercambio pasa todo.
«Cambie la gramática pero deje las tripas», le dice el capitán en un momento. Esa frase es la película entera. La tensión entre la forma y la pasión, entre lo que se puede decir en voz alta y lo que se siente en silencio. Entonces volvemos a que a veces lo más romántico está en ese enredo de lo que se puede ver y no. En el fondo, todo está construido sobre una idea dolorosa: que el amor y la felicidad no necesariamente coinciden, y la película nos lo plantea con una tristeza muy quieta que se va acumulando en los bordes de cada escena. Ninguna vida en esta película es plena: Ni Lucy en su vida terrenal, ni el capitán en el cielo, ni siquiera la del escritor de cuentos infantiles que interpreta George Sanders que es encantador, cobarde, perfectamente humano pero que termina solo y entre lágrimas.
En un momento Lucy recuerda la Oda al ruiseñor de Keats, y el capitán recita unos versos: los mágicos batientes que se abren sobre la espuma / de peligrosos mares en abandonadas tierras de hadas. Y así el director filma el amor con la profundidad del mar, la melancolía con el peso de las palabras y la felicidad como una torre solitaria en medio de una isla. Tal vez por eso el final emociona tanto. Después de una vida entera de desencuentros, de palabras dichas a destiempo y de amores que rozan lo imposible, Lucy y el capitán finalmente caminan juntos hacia el horizonte. No sabemos si es el cielo, un sueño o simplemente otra forma del mar, y tampoco importa demasiado.
Lo que esta historia parece susurrarnos es que hay amores que pasan una vida entera buscándose, que el amor y la felicidad no siempre coinciden, que a veces tampoco coinciden los tiempos, pero también que existen sentimientos tan profundos que sobreviven a la distancia, a los años y hasta a la muerte. Por eso ese último plano sigue siendo tan hermoso. Porque cuando el tiempo finalmente deja de interponerse, Lucy y el capitán pueden por fin caminar juntos. Aunque sea tarde. Aunque sea después. Aunque sea hacia la eternidad.

P/D: No dejen de apreciar la música de Bernard Herrmann y la fotografía de Charles Lang.
Bing Crosby – I Can’t Believe You’re In Love with Me
Los grandes tienen esa facilidad para hacer que cada canción se vuelva propia, y por supuesto que Bing, que es de los grandes entre los grandes, no es la excepción. En esta aparación de 1962 nos deleita con este clásico de 1926 que en todas sus versiones se escucha moderno.




