La grande illusion (1937) – Jean Renoir

A veces, el odio de un fascista puede ser el mejor elogio. Parece raro empezar una reseña de esta manera, pero esto es justamente lo que ocurre con «La gran ilusión». Esta película, estrenada en el año 1937, y dirigida y escrita por Jean Renoir, fue censurada tanto en Italia por Mussolini como en Alemania por Goebbels, quien inclusive declaró al director como «enemigo cinematográfico número uno» y ordenó destruir la cinta. Afortunadamente, y por mucho que les pese a los fascistas, la misma sobrevivió hasta nuestros días para contarnos una historia antibélica y profundamente humanista.

Durante la Primera Guerra Mundial, y luego de que su avión es derribado por el ejército alemán durante un vuelo de inspección, comienza el derrotero de nuestros personajes franceses: el capitán de Boeldieu (Pierre Fresnay), oficial del Estado mayor, de familia aristocrática y el teniente Maréchal (Jean Gabin), de clase trabajadora. Al ser arrestados, ambos son invitados a almorzar a la mesa del oficial alemán a cargo, el capitán von Rauffenstein, justamente quien ha derribado el avión. «Dígales que están invitados a comer», dice, en una escena tragicómica y, por qué no, casi satírica, al saber que tanto él como de Boeldieu pertenecen a la aristocracia. Estamos en guerra, es cierto, pero aun así, hay un clima formal que roza lo ceremonioso, siempre con respeto por la valentía de los «huéspedes» franceses. Y ya presentimos esa crítica sutil que Renoir desea transmitir: una guerra educada y caballerosa sigue siendo una guerra y, por lo tanto, inexcusable.

Las circunstancias adversas suelen reunir a personas muy distintas, y así sucede cuando Maréchal y de Boeldieu son trasladados a un campo de prisioneros, donde convergen con diversos personajes de diferentes orígenes, razas y religiones, entre ellos Rosenthal (interpretado por Marcel Dalio), un teniente de origen judío que comparte sus provisiones con los demás. Los mundos chocan, las fronteras y las diferencias se marcan pero a la vez se desdibujan, como si la guerra todo lo igualara. A medida que pasa el tiempo, se fusionan y se mezclan las imágenes y las historias. Se muestra un humanismo que no es forzado sino crudo, algo torpe y muy real. De a poco, vemos esos momentos cuando lo peor de la vida saca a la luz lo mejor de las personas.

El guion, del propio Renoir junto a Charles Spaak, nos presenta la guerra no como un espectáculo grandilocuente, sino como un conjunto de escenas cotidianas, como tararear una canción que se escucha en un gramófono, una comida compartida, una botella de coñac, una charla breve, un cigarrillo de contrabando, muchas bromas, algunos favores y una armónica que suena para animar tanto a guardias como a prisioneros. No hay nada más humano que buscar las pequeñas cosas que por momentos hacen olvidar el trasfondo de la guerra (que, sin embargo, siempre insiste con su presencia), de ponerle al mal tiempo buena cara, y así lo hacen los prisioneros. En pocas palabras, fingir que están en una situación divertida. Pero toda comedia suele tener su lado profundo. «Niños que juegan a ser soldados, y soldados que juegan a ser niños», dice el capitán de Boeldieu, expresando una de las tantas ironías de la guerra.

Pasan los días, y mientras improvisan una obra de teatro, un prisionero se viste de mujer, y los demás se quedan mudos, mirándolo. Es una escena silenciosa, casi solemne, que podría ser patética, pero no lo es. En este lugar, donde los anhelos parecen estar olvidados y hasta perdidos, este momento se acerca casi a una devoción, lo que se refuerza cuando Maréchal interrumpe la representación para informarles de una victoria francesa, y todos se ponen de pie para cantar la Marsellesa, en una escena que tiene bastante de fervor patriótico, y mucho más de emoción y esperanza.

El aburrimiento, el espíritu de contradicción, el honor, el patriotismo, el deseo de ver el sol… cada prisionero tiene su razón para escapar, y por eso lo intentan repetidas veces. Debido a esto, son trasladados a un nuevo campo, un castillo imponente como una fortaleza y aparentemente imposible de franquear. Allí, de Boeldieu y Maréchal vuelven a encontrarse con el teniente Rosenthal, y con otro viejo conocido, ya que este campo está a cargo del comandante von Rauffenstein.

El alemán (imposible olvidarnos que está interpretado por el siempre enorme Erich von Stroheim) es ahora un hombre mutilado por el dolor y la sombra de la guerra, y lleva las marcas de la misma en el cuerpo atrapado por una coraza que le permite moverse, aunque con dificultad. Esa rigidez se siente necesaria, sin embargo no es imprescindible, y von Rauffenstein parece saberlo. Su nuevo rol de carcelero, aunque es la única manera que le queda de servir a su patria, le desagrada hasta el punto de la repulsión. Tal vez por eso, invita a de Boeldieu a su despacho, y recuerdan el pasado, toman café, comparten momentos, conversaciones, silencios. Ambos son parte de una clase social casi en extinción, y ese ocaso se reconoce y se muestra en el respeto, la dignidad, la caballerosidad, la formalidad casi incómoda. Sin embargo, ese simple reconocimiento entre pares (que antes de la guerra seguramente no hubieran sido enemigos) se convertirá en algo más: primero en compañerismo, luego en aprecio, y finalmente en una amistad que crecerá de forma honesta y sincera. Aunque el sentimiento no tenga cabida en la guerra, como señala de Boeldieu, al ver al comandante alemán cuidando un geranio que tiene en su ventana, la única flor que crece en ese castillo gris, frío y oscuro, por un momento nos parecerá que sí.

Mientras tanto, los franceses, inquebrantables, diseñan un plan para huir de este nuevo lugar, armando un concierto con flautas, y luego con todo tipo de objetos. De Boeldieu se ofrece para quedarse atrás, y cual flautista de Hamelín con monóculo y guantes blancos, distrae a los guardias para que Maréchal y Rosenthal puedan escapar. Inevitablemente, la guerra no es justa, el deber se impone, y von Rauffenstein debe, aún contra su voluntad, dispararle al capitán francés para detenerlo. Si bien intenta hacerlo de forma no fatal, la oscuridad de la noche que cae, y en especial la narrativa de Renoir, tienen otros planes.

La escena que construye el director, en donde la fotografía de Christian Matras alcanza posiblemente su punto más alto, nos muestra a von Rauffenstein acompañando a de Boeldieu, casi como anticipando un final que, sin embargo, transcurre con resignación, ironía, y algo que tal vez se aproxima al alivio y a la paz, porque morir parece ser mejor que seguir viviendo una existencia inútil. En la ventana de von Rauffenstein queda el geranio (esa única flor que tanto cuidó, ese poquito de belleza entre lo crudo de la guerra), como un símbolo de un vínculo fugaz pero eterno. Es por eso que el alemán, después de cerrarle los ojos a su «valiente enemigo», la contempla por un largo momento y luego la corta, como una ofrenda en su memoria, en una escena que es a la vez pura delicadeza y pura tristeza contenida. No hay lágrimas, solamente hay silencio, puños apretados y, afuera, la nieve que cae. Tal vez así sea como se ven las heridas del deber.

La clase aristocrática puede no ser necesaria ya, como se lamentaban los personajes, pero la “aristocracia del corazón” aquí sigue vivita y coleando, y eso es lo que importa. El capitán de Boeldieu diría que hay que evitar los momentos emotivos, pero sabemos que los sacrificios no son en vano, y este definitivamente ha valido la pena. Así es que Maréchal y Rosenthal escapan y siguen adelante, a pesar del cansancio, el hambre y el frío. En el camino, discuten, se separan, se vuelven a reunir. Entre ellos, tan distintos pero a la vez tan parecidos, vemos nuevamente el tema de la amistad, la solidaridad y el compañerismo en situaciones extremas, ya que frente a la peor situación, una y otra vez emerge lo mejor de ambos. Antes, Maréchal había borrado todas las diferencias entre ellos diciendo «eres un buen amigo y ya», y aunque eso parece demasiado simple, un consuelo de tontos, a veces es el único motor que nos impulsa. La guerra dura demasiado, es cierto, pero mientras tanto, se puede hacer algo bueno por el otro, se puede ser humano en las trincheras.

Maréchal y Rosenthal siguen adelante, y en el trayecto se cruzan con Elsa, una mujer alemana que vive con su hijita, y ha perdido a su marido y sus hermanos en la guerra. Sin embargo, les ofrece refugio y comida, y aunque tiene la oportunidad de hacerlo, no los entrega al ejército alemán. Juntos comparten días y momentos, y entre ella y Maréchal nacerá un amor breve, pero con una posibilidad de futuro.

Hacia el final de la película, entre la nieve, muy cerca, incómoda, pero real, aparece la libertad, y el drama de la guerra comienza, de a poco, a quedar lejos. Vemos a Maréchal y Rosenthal, dos hombres liberados del encierro, casi protegidos por un paisaje nevado que es frío, pero libre. Ambos parecen sentir temor, tensión, dudas frente al destino, y una cierta humildad frente a la naturaleza, a la que esta guerra le es completamente ajena. La llegada al ansiado territorio neutro sella un desenlace abierto, con algo de incertidumbre pero mucho de esperanza

Más allá de su trama, el corazón de la película es la mirada de Renoir, nutrida por su propia experiencia como piloto de guerra. Esta se posa de manera auténtica en la complejidad interna de los personajes, su honestidad, su bondad, sus matices, sus miedos, sus enormes sufrimientos, y también sus pequeñas alegrías. Vemos personas que no se entienden del todo pero comparten una esperanza y una misma humanidad, en un juego de matices y opuestos que parece querer expresar el deseo latente y colectivo de vivir en paz y libertad. Todo para poner patas arriba los lugares comunes de la guerra y mostrarnos su parte más absurda, pero también la más humana.

Como bien dice el teniente Rosenthal, las fronteras son una invención de los hombres, no existen de verdad, y así se puede ver en la relación entre los capitanes de Boeldieu y von Rauffenstein. Uno es francés y el otro alemán, pero los acerca una aristocracia que saben en decadencia. Ambos dialogan, se interpelan, se respetan, sienten camaradería,  descubren una igualdad, acortan la distancia. Algo similar sucede cuando Maréchal se enamora de Elsa, la mujer alemana que ha perdido casi todo en la guerra, pero aún conserva su generosidad y su compasión, y los refugia a él y a Rosenthal durante su huida. Los separa la patria, el idioma y las circunstancias, pero eso no importa: los une el sentimiento. Ambos casos muestran la universalidad de la amistad o del amor, que es justamente eso: decodificar el mismo mensaje, tender puentes, igualarse, mirarse a los ojos, arriesgar el corazón, no esperar nada, darlo todo. Renoir lo muestra con ese lenguaje de las manos y los cuerpos, esos cruces de miradas, esos silencios entre personas que se han buscado, se han encontrado y, aún en lados opuestos, se han reconocido una en la otra. Aquí no hay flechazos superficiales, nada es cursi o extremadamente sentimental, pero se siente cálido por momentos, brusco por otros, y siempre natural y realista en su imperfección, en su humanidad. Así son estos pequeños pero grandes momentos de los que está hecha la vida, cuando una persona deja su marca en la historia de otra, y tal vez sea eso lo que más conmueve.

La «gran ilusión» que propone esta película, que esta guerra sea la última y traiga paz, le da una mirada que es absolutamente pacifista, y con todo apuntando a la igualdad, a una sociedad sin diferencias de clases, razas o banderas. Es cierto que podría pecar de ingenua, de tener un mensaje inútil que cayó (y caerá) en oídos sordos, y quizás en nuestros momentos más cínicos, pensemos que así es. Pero, en el fondo, tiene la convicción, la valentía y la rebeldía (y la más absoluta vigencia) de reclamar por ese deseo compartido de una libertad que parece perdida, pero aún no lo está.

Muchas veces, hemos visto (y seguramente volveremos a ver) el horror y la violencia de la guerra como una forma desesperada y descarnada de exigir la paz. Sin embargo, Renoir elige un camino más gentil, realista, y hasta poético. «Así se termina el mundo, no con un estallido sino con un gemido», dice T. S. Eliot, y Renoir así lo muestra, de manera casi suave pero no por eso menos aguda, eligiendo como campo de batalla enfocarse en los mundos interiores de las personas y las marcas que en ellos deja la guerra, y también mostrándonos de frente y sin sentimentalismos excesivos el rostro de nuestro «valiente enemigo», de esa persona que no es como nosotros, pero en el fondo, y a pesar de todas las contradicciones (propias y ajenas), se nos parece más de lo que creíamos. El mensaje es sutil pero insistente: las diferencias terminan siendo artificiales, si nos atrevemos a verlo.

El mundo dice (y dirá) una y mil veces “no te hagas ilusiones”, pero no importa: siempre queda la imagen de esa única flor que es dolor pero también alegría, amistad y lucha, y que con sus raíces (tan pequeñas pero inesperadamente tan fuertes) logra destruir todas las fortalezas y todas las corazas: las del exterior y, en especial, las del interior porque, como el amor, la naturaleza no sabe de fronteras. Por eso, aunque el fascismo cambie la piel y continuemos viviendo entre guerras sin fin, y tal vez nos parezca ingenuo cuidar una flor casi sin esperanza, esta película nos recuerda que, aún en el lugar más difícil, las almas se pueden encontrar y marcar mutuamente, se puede crear algo hermoso, se puede hacer poesía entre los muros.

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