
Antes de los profesores inolvidables, estuvo Mr. Chips
En los noventa parecían multiplicarse las películas que nos convencían de que un buen profesor podía cambiar una vida. Dead Poets Society, Good Will Hunting o incluso tantas historias ambientadas en aulas y universidades entendían a la educación como algo que iba mucho más allá de aprobar un examen; era una forma de aprender a mirar el mundo. Sin embargo, varias décadas antes, el cine ya había encontrado esa misma sensibilidad. Porque si hoy pensamos en maestros inolvidables, quizás sea hora de volver a uno de los más grandes, me refiero a Goodbye, Mr. Chips (1939).
Ese inolvidable año para la historia del cine, el mismo que vio nacer Gone with the Wind, The Wizard of Oz o Stagecoach, también se detuvo en la vida de un hombre aparentemente común. Mr. Chipping, o simplemente Mr. Chips, llega como un joven profesor de latín a un prestigioso internado inglés. Lo que la película propone no es el retrato de un héroe extraordinario, sino el de alguien que dedica toda una vida a enseñar mientras el mundo cambia a su alrededor.
La historia recorre décadas enteras. Vemos cómo los alumnos pasan, las generaciones se suceden y las guerras transforman Europa, mientras Chips permanece ahí como un faro. Pero hay un momento que cambia para siempre su manera de habitar el aula: cuando se enamora de Katherine (Greer Garson). Ella irrumpe en su vida con una energía luminosa, le hace descubrir el humor, la espontaneidad y la posibilidad de mostrarse menos rígido, como si la existencia adquiriera un color que antes no conocía, como el azul del Danubio. A partir de entonces, no solo enseña latín; empieza a enseñar desde la empatía y, por qué no, desde el humor también. Descubre que el conocimiento también puede transmitirse con calidez y que un maestro deja huella cuando permite que los alumnos conozcan a la persona detrás del profesor.
Buena parte de esa emoción existe gracias a Robert Donat. Su interpretación es una de esas actuaciones que parecen invisibles porque nunca buscan el artificio. Más allá del maquillaje que acompaña el paso de los años, son sus ojos, la postura de su cuerpo y la serenidad con la que habla los que nos hacen creer que estamos viendo a un hombre envejecer frente a nosotros. No sorprende que aquel año obtuviera el Oscar al Mejor Actor, incluso por encima de Clark Gable en Gone with the Wind. Donat no interpreta simplemente a un anciano: interpreta todo lo que el tiempo deja en una persona.
Mientras la Primera Guerra Mundial marca silenciosamente la historia, Goodbye, Mr. Chips nunca pierde de vista ese concepto que atraviesa estas historias: cómo una vida dedicada a los demás puede convertirse en un legado. Las despedidas se acumulan, los nombres cambian y los alumnos crecen, pero el aula permanece como un refugio donde todavía es posible formar personas.
Además, resulta imposible mirar el gran comedor, las escalinatas y las ceremonias del colegio sin pensar en Hogwarts, tal vez sea una asociación inevitable para cualquier espectador contemporáneo. Mucho antes de Harry Potter, esta película ya nos mostraba que una escuela podía ser mucho más que un edificio, y que podía convertirse en un hogar.
Aunque parezca imposible, la película sigue emocionando luego de ochenta años porque detrás de la historia de un profesor hay una pregunta bien profunda: ¿cómo se mide una vida? No por los grandes acontecimientos, sino por las personas que logramos tocar. Chips nunca fue un héroe de guerra, ni un hombre célebre. Fue alguien que eligió quedarse en un aula mientras el mundo cambiaba afuera. Cuando cree que su vida pudo haber sido incompleta por no haber formado una familia, la película responde con una de las despedidas más hermosas:
I thought I heard you saying it was a pity… pity I never had any children. But you’re wrong. I have. Thousands of them. Thousands of them… and all boys.




