
Lo atemporal está sobrevalorado. Bueno, eso tal vez sea más una exageración que mi opinión, pero sí creo que no siempre se valora como corresponde al arte «datado» o «fechado», como les gusta decir en inglés. No solo es valioso aquello que trasciende las generaciones con nuevas interpretaciones y que propone una apariencia de «universal».
En realidad, ningún arte puede ser atemporal ni universal, ya que constantemente estamos reiterpretándolo según la visión de las nuevas épocas, pero eso es otra historia, diría Moustache en Irma la Douce. A veces es interesante, e incluso, necesario, mirar películas que se interpretan casi exclusivamente según la lógica de su época, y que seamos nosotros los que tengamos que adaptarnos al arte, y no el arte a nosotros.
La primera película de Gene Kelly y la primera de Judy Garland en rol adulto es lo que podríamos llamar a priori una propaganda norteamericana de la guerra. De hecho, el cierre es una invitación a comprar bonos de guerra en el cine en el que se pasa la película. Tal vez sea porque es un musical, y porque protagonizan Judy y Gene, pero yo veo mucho más que una pieza propagandística en For Me and My Gal de Busby Berkeley.
De forma similar a Yankee Doodle Dandy, del mismo año, el film mezcla dos elementos clave de la historia norteamericana de principios del siglo XX: el vaudeville y la guerra, dos elementos que expresan los dos sectores en los que el país se ha vuelto potencia: la política y el entretenimiento. Mientras que la de Warner toma más la forma de biopic en homenaje a George M. Cohan, la de MGM se centra en una pareja, el romance, los anhelos de triunfar en el mundo del espectáculo y el modo en el que la guerra irrumpe en esos deseos.
Como mencioné, este es el debut de Gene en la pantalla grande, quien venía de hacer de un engreído en Pal Joey, en Broadway, y toma un rol similar en su primera película. Su papel es el de quien parece anteponer su éxito a todo, incluso a las personas que quiere. En eso, descubre que peor que no llegar a actuar en The Palace —el escenario del vaudeville al que llegaban los mejores— es ser un cobarde cuando irrumpe guerra. Allí aparece, si se quiere, la «bajada de línea»: está mal no querer ir a la guerra por motivos personales. Sin embargo, esta motivación está perfectamente ligada dentro de la trama. Su reacción tiene sentido por la construcción que se hizo de su personaje y de la situación del personaje de Judy, para quien su abandono se vuelve más doloroso, casi insoportable.
El argumento tampoco escatima en personajes elaborados. El que más me llama la atención es el de George Murphy, amigo de Judy, que va apareciendo en distintos momentos de la historia. En un comienzo, expresa un interés romántico por ella. Luego sigue jugando de amigo pero le advierte directamente que Gene no es buena persona. Sobre el final, en una de las mejores escenas del film, él genera el reencuentro de los enamorados. Antes, ambos comparten una charla honesta en la que cada vez que Gene quiere hablar, él lo interrumpe y lo frena de alguna manera, casi como diciendo «ahora me toca hablar a mí así que prestá atención» para que seamos nosotros los que prestemos atención a sus palabras. Es en este momento que dice una frase que sorprende en un contexto bélico: «Aquí no hay ni héroes ni cobardes», y da una reivindicación de la postura de Gene como antesala del perdón que pronto le dará Judy. Es en esta complejidad donde creo que el film se resiste a ser una mera propaganda.
Como corresponde a una película que es también sobre el vaudeville, tiene un alto nivel de espectáculo. El toque Busby se nota en los acercamientos hacia Judy en los que ella casi que nos mira a nosotros y, por supuesto, en ese profundo sentir norteamericano hecho show, desde los números musicales hasta el uso de material de archivo de la gran guerra. Además, nos deja dos de los números más emblemáticos de la pareja: Ballin’ the Jack y el que lleva el título de la película. Por su importancia histórica —y me refiero a la historia del cine, el nuevo gran espectáculo norteamericano de mitad de siglo— y por la ternura de dos enamorados para quienes suenan todas las campanas, For Me and My Gal merece hoy ser vista, disfrutada y reivindicada, sin ningún lente moderno.



