
En 1957, la pantalla grande recibió al thriller de misterio Witness for the Prosecution, dirigido por Billy Wilder y basado en la obra de teatro del mismo nombre de Agatha Christie. Lo que podría haber sido un simple traslado del escenario teatral a la pantalla se convierte, en manos de Billy, en un estudio sobre la integridad de la justicia británica y en una defensa de la honestidad en la profesión incluso cuando se tienen todas las posibilidades en contra.
Cuando le preguntan sobre esta película, Billy hace una diferencia entre Agatha Christie y otro escritor que fue esencial es su filmografía: Raymond Chandler. Según el director, mientras este último es pura descripción de personajes, la primera es pura acción, con casi nula construcción de personajes. Es por eso que para la realización de este drama legal, Billy toma los giros y el misterio de la escritora como base a la que le añade todos los elementos de su estilo.
Así sucede que Sir Wilfrid Robarts, el personaje de Charles Laughton, se vuelve un abogado que debe recuperarse tras un ataque al corazón y genera un constante tire y afloje con su efermera y guardiana, Elsa Lanchester, que lo cuida, lo reta y, sobre el final, lo deja ser porque lo comprende del todo. También le agregan un color único al film la enorme secuencia de personajes secundarios con actores de lujo, incluidos Norma Varden, John Williams y la maravillosa Una O’Connor.
La precisión del texto, la ironía y el humor inteligente son otro aspecto que convierte a la obra en una joya muy a la Wilder, en este caso con colaboración en el guion de Harry Kurnitz. Cada línea de texto parece pensada de manera tan precisa como el orden de los eventos intrigantes de la trama. Cuando uno ya conoce el desenlace, los diálogos, vistos en retrospectiva, adquieren un doble o hasta un triple sentido. Además, el director no puede evitar aprovechar los encantos de Tyrone Power y Marlene Dietrich en una escena que no añade nada al argumento sino comedia, en la que un intercambio comercial de besos y café se convierte en una metáfora sexual para nada implícita.
La promoción del film estuvo muy ligada al gran giro argumental que ocurre en los últimos minutos y no es para menos; lo que sucede es sorprendente y atrapante. Por eso, no solo fue publicitada como un suceso cinematográfico y de suspenso, sino que se pidió activamente a la audiencia que no revelara el final. De todas formas, incluso cuando ya conocemos o intuimos la trama, podemos disfrutar de los sutiles detalles del texto, las exquisitas interpretaciones y de un enaltecimiento final a la honestidad y la entrega en medio de un sistema legal y social que premia a los farsantes y oprime a los apasionados.



