The Awful Truth (1937) – Leo McCarey

La verdad menos lógica del amor

Qué fruta noble las comedias románticas de los años treinta. Cuando pierdan la fe en el género, vuelvan a esa época. Está todo ahí: el carisma de los actores, la precisión de los diálogos, la comedia física que no necesitaba explicarse, la tensión entre el deseo y el orgullo, las idas y vueltas de parejas que se pierden para reencontrarse. Fue la década en la que Hollywood entendió que el amor, más que un lugar de destino, era un debate, una negociación constante entre dos egos que aprenden a ceder sin perder su esencia. 

Entre tantas joyas, The Awful Truth (1937) se alza como una pequeña obra maestra. Dirigida por Leo McCarey, el mismo que años más tarde haría suspirar al mundo con An Affair to Remember, esta película es una cátedra de lo que el director más sabía hacer: capturar la naturaleza contradictoria del amor humano. McCarey no juzgaba, no moralizaba, él solo observaba con humor e inteligencia. Pero en ese hilo afable hay una profundidad casi filosófica sobre el amor. 

La historia es sencilla, casi cotidiana y que se encuentra a la vuelta de la esquina. Un matrimonio perfecto a los ojos del mundo, conformado por Cary Grant e Irene Dunne, empieza a resquebrajarse por un malentendido. La sospecha de infidelidad, la falta de confianza, la necesidad de tener razón, todo eso se mezcla en una comedia de ritmo impecable. En uno de los momentos más brillantes, antes de que firmen el divorcio, ella le dice: “Me has pillado en una verdad, y al parecer no hay nada menos lógico que la verdad. Esa frase resume el espíritu del film, esa profundidad casi filosófica a la que me refería. El amor no es lógico y la verdad tampoco. Las relaciones se sostienen en un terreno movedizo donde lo importante no es tener razón, sino tener esa lealtad para poder decirte ‘las verdades más feas’.

McCarey filma esa fragilidad con una ligereza prodigiosa. Cada gag, cada entrada y salida de los personajes, cada equívoco, funciona como una radiografía emocional. El espectador se ríe, y mucho, pero detrás del humor hay algo que duele. Cuando los protagonistas discuten quién se queda con el perro, no solo están peleando por una mascota, sino por la última chispa que los une. El perrito se convierte en un símbolo de esa confianza perdida, del vínculo que resiste a pesar de todo.

A diferencia de otras comedias, The Awful Truth pertenece a una subtrama que floreció en esos años: las comedias de “re-matrimonio”. Acá los personajes se divorcian solo para descubrir, con ironía, que no pueden vivir separados. En títulos como His Girl Friday, The Philadelphia Story o The Palm Beach Story, el amor aparece no como un final feliz, sino como un proceso de aprendizaje. En ese sentido, McCarey fue un pionero. El realizador entendió que el romanticismo no está en evitar los conflictos, sino en atravesarlos con humor, y en reconocer que, incluso cuando todo parece perdido, puede haber ternura en medio del caos.

El film también marcó un momento importante en la carrera de Cary Grant, que a partir de esta película empezó a moldear esa figura de galán irónico que lo acompañaría por décadas. Su elegancia no está solo en el traje, sino en la capacidad de reírse de sí mismo. Irene Dunne, con su mezcla de picardía y melancolía, encarna a una heroína moderna, dueña de su deseo y de su vida. La escena en la que se hace pasar por la “hermana” de Grant, una secuencia delirante, casi wilderiana, es puro desparpajo, pero también un acto de amor disfrazado de sentido de humor que caracteriza a toda la película.

The Awful Truth nos recuerda que la comedia puede ser tan profunda como el drama porque, cuando nace de la vulnerabilidad, ilumina las verdades más hondas de cualquier vínculo. McCarey filmaba las relaciones con esa perspectiva del amor imperfecto, el que se vive, se tropieza, se reconstruye.

Y quizás ahí radique ese encanto eterno que tiene. Cuando todo parece enredarse, cuando el orgullo gana terreno y el amor tambalea, siempre queda ese sentido del humor y esa verdad menos lógica del amor. Después de todo, ¿qué puede ser más absurdo y verdadero que amar?

  • Foto de perfil de Mery Linares

    Soy una humilde amante del cine clásico de Hollywood. Cada vez que veo una película de esa época, la historia revive y, con ella, también yo. Defiendo a los musicales con el alma porque, como decía Gene, ahí se bailan sueños. Con el cine de antes mi corazón siempre encuentra su ritmo y acá, como redactora de Edición Sunset, espero que encuentren el suyo.

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