
Je t’aime, Paris. Je t’aime, Billy Wilder
Suena la voz de Maurice Chevalier y ya está. Antes de que aparezca Audrey Hepburn, antes de que Gary Cooper haga una entrada triunfal, Billy Wilder nos avisa de qué va a estar hecha la película: de París, del amor y del cine.
Porque la París de Love in the Afternoon no existe. O mejor dicho: existe únicamente en las películas. Es la París de Ernst Lubitsch, la de Ninotchka, la de las puertas que se abren y se cierran, la de los hoteles elegantes y las conversaciones ingeniosas. También es la París de Love Me Tonight, de Rouben Mamoulian, otra película atravesada por la presencia encantadora de Chevalier. Wilder insistió en filmar en la ciudad real, desde el Palais Garnier, el Ritz, y hasta el Château de Vitry, pero lo que construyó no tiene nada que ver con la geografía. Tiene que ver con la memoria del cine.
Siempre me gustó pensar que algunas ciudades existen dos veces: una en la realidad y otra en nuestro inconsciente cinéfilo. Y por supuesto y menos mal que la París de Wilder pertenece completamente a esa segunda categoría.
Por eso Audrey Hepburn encaja tan bien. Hay pocos rostros en la historia del cine que transmiten mejor la sensación de alguien descubriendo el mundo por primera vez. Su Ariane Chavasse vive fascinada por las historias de amor. Las busca en los archivos de su padre, Claude, un detective privado especializado en adulterios que cada noche vuelve a casa con los expedientes de otras personas como quien trae el diario bajo el brazo. Ariane los lee todos. Los imagina, los reconstruye, y termina persiguiendo una historia propia. Cuando escucha que un cliente furioso planea matar al amante de su esposa, un millonario americano llamado Frank Flannagan que se hospeda en el Ritz cada vez que pasa por París, ella decide ir a avisarle. Ahí empieza todo.
Y entonces aparece Gary Cooper. Lo interesante es que Wilder no elige a cualquier actor para interpretar a Flannagan. Elige a Gary Cooper, a una de las grandes fantasías masculinas que fabricó Hollywood. Era el héroe nortamericano, el hombre que parecía atravesar la vida sin consecuencias. Aunque no fue su primera opción ya que lo llamó primero a Cary Grant quien dijo que no, pero todo pasa por algo. porque Cooper tenía algo, es la cara de alguien que alguna vez fue invencible y ya no lo es tanto.
De hecho, Wilder lo sabía. Cuenta la leyenda que lo fotografió en sombra, con filtros difuminadores, muchas veces de espaldas. Después admitiría que lo había conseguido justo la semana en que Cooper «de repente se puso viejo». Pero esa vejez es exactamente el tema de la película. Porque Love in the Afternoon no trata sobre la seducción sino que trata sobre el tiempo.
La película insiste una y otra vez con la diferencia de edad entre sus protagonistas porque en realidad está hablando de otra cosa. De ese momento en que una persona descubre que ya no puede vivir únicamente de las aventuras. Que tarde o temprano llega el instante donde el encuentro casual tiene que convertirse en amor. Los músicos gitanos que aparecen y reaparecen como un coro griego son el mejor síntoma de eso: una broma perfecta que se vuelve melancólica de tanto repetirse.
Pero nada como el final de esta película. Wilder vuelve a una de las imágenes más románticas que existen en el cine: un tren alejándose de una estación. Como en Love Me Tonight, como en tantas películas clásicas, el tren no es solamente un medio de transporte. Es el tiempo pasando delante de nuestros ojos. Y Billy, que podía ser el más cínico de los románticos, parece susurrarnos algo muy simple: hay trenes que no conviene dejar pasar.




