The Ghost and Mrs. Muir (1947) – Joseph L. Mankiewicz

El amor a destiempo

Siempre me parecieron irresistibles esas historias de amor donde el tiempo o la geografía no coinciden, porque muestran esa complejidad que la vida presenta donde muchas veces estamos más a contratiempos que en oportunidades donde todo encaja. Pero, ¿qué ocurre cuando al tiempo y la distancia se les suma un obstáculo todavía mayor: no compartir siquiera el mismo plano de existencia? En esa intrincación se asoma una joyita del director Joseph L. Mankiewicz al que solemos recordar por All About Eve, pero apenas unos años antes dirigió esta joya menos celebrada, con una Gene Tierney celestial y un Rex Harrison irresistible. 

La premisa suena casi a comedia romántica: viuda independiente se muda a casa embrujada, el fantasma del dueño intenta echarla, no puede, y terminan enamorándose mientras él le dicta sus memorias para que ella pueda pagar el alquiler. Pero Mankiewicz hace algo con eso que va mucho más allá del género. Filma una historia sobre el amor y la melancolía con tanto encanto que duele un poco.

Lucy Muir no es la viuda típica. Ella no busca un nuevo marido y tampoco se somete a la familia política. Ella repite «estamos en el siglo XX» como un mantra y se lo cumple a sí misma antes que a nadie. El Capitán Gregg, en cambio, es todo lo que Lucy no es: ruidoso, desordenado, lleno de vida en el sentido más literal y más irónico del término ya que está muerto. Lo que los une es el lenguaje. Él le dicta, ella escribe, y en ese intercambio pasa todo.

«Cambie la gramática pero deje las tripas», le dice el capitán en un momento. Esa frase es la película entera. La tensión entre la forma y la pasión, entre lo que se puede decir en voz alta y lo que se siente en silencio. Entonces volvemos a que a veces lo más romántico está en ese enredo de lo que se puede ver y no. En el fondo, todo está construido sobre una idea dolorosa: que el amor y la felicidad no necesariamente coinciden, y la película nos lo plantea con una tristeza muy quieta que se va acumulando en los bordes de cada escena. Ninguna vida en esta película es plena: Ni Lucy en su vida terrenal, ni el capitán en el cielo, ni siquiera la del escritor de cuentos infantiles que interpreta George Sanders que es encantador, cobarde, perfectamente humano pero que termina solo y entre lágrimas.

En un momento Lucy recuerda la Oda al ruiseñor de Keats, y el capitán recita unos versos: los mágicos batientes que se abren sobre la espuma / de peligrosos mares en abandonadas tierras de hadas. Y así el director filma el amor con la profundidad del mar, la melancolía con el peso de las palabras y la felicidad como una torre solitaria en medio de una isla. Tal vez por eso el final emociona tanto. Después de una vida entera de desencuentros, de palabras dichas a destiempo y de amores que rozan lo imposible, Lucy y el capitán finalmente caminan juntos hacia el horizonte. No sabemos si es el cielo, un sueño o simplemente otra forma del mar, y tampoco importa demasiado.

Lo que esta historia parece susurrarnos es que hay amores que pasan una vida entera buscándose, que el amor y la felicidad no siempre coinciden, que a veces tampoco coinciden los tiempos, pero también que existen sentimientos tan profundos que sobreviven a la distancia, a los años y hasta a la muerte. Por eso ese último plano sigue siendo tan hermoso. Porque cuando el tiempo finalmente deja de interponerse, Lucy y el capitán pueden por fin caminar juntos. Aunque sea tarde. Aunque sea después. Aunque sea hacia la eternidad.

P/D: No dejen de apreciar la música de Bernard Herrmann y la fotografía de Charles Lang.

  • Foto de perfil de Mery Linares

    Soy una humilde amante del cine clásico de Hollywood. Cada vez que veo una película de esa época, la historia revive y, con ella, también yo. Defiendo a los musicales con el alma porque, como decía Gene, ahí se bailan sueños. Con el cine de antes mi corazón siempre encuentra su ritmo y acá, como redactora de Edición Sunset, espero que encuentren el suyo.

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