
Esta no es una reseña original. Nada semejante se puede pretender con una película de la que se ha hablado tanto y de la que se vuelve a hablar cada año durante la época navideña. Tampoco la etiqueta de «original» es una que le quepa a It’s a Wonderful Life. Memorable, emocionante, profunda, inolvidable, incluso leí por ahí: «perfecta». Todas esas etiquetas sí le caben, pero no como producto de algo excepcional, sino de una idea bien sencilla: una vida simple tiene valor si la vivís con y para los demás.
Al servicio de esta idea se pone toda la maquinaria del cine clásico que ya conocemos: diálogos inteligentes, una fotografía hermosa, la música como otro personaje y unas actuaciones que parecen encarnarse en cada personaje a la vez que crear un mundo de fantasía. Frank Capra quiso adaptar el cuento The Greatest Gift a la pantalla porque vio en su historia algo poderoso durante su época. Tras la crisis de humanidad de la Segunda Guerra Mundial, la solución no reside ni en el héroe, ni en el self-made man, ni en la prosperidad económica. El American dream nada tiene que ver con alcanzar grandes logros según los estándares del mundo, más bien con la simpleza tantas veces olvidada del bien común.
Esto nos expresa la historia de George Bailey, un hombre al que la adversidad le hace pensar que vale más muerto que vivo. El lente profundamente cristiano -y particularmente católico- de Capra ubica al espectador desde la perspectiva de un ángel al que Dios y San José le muestran la vida del hombre al que deberá ayudar, y nosotros descubrimos su historia a la par del ángel.
George no crea ningún imperio, no se vuelve CEO de ninguna empresa, es más, no cumple casi ninguna de sus aspiraciones. Pretendiendo escapar de Bedford Falls y de la vida de pueblo, se ve atrapado en el negocio familiar, en un matrimonio, en una casa vieja y en un sinfín de problemas económicos. Si hay alguna heroicidad en el personaje, esta reside en entregar la vida para servir a los demás. Él no cumple lo que cree que son sus sueños, pero todo el pueblo tiene un hogar gracias a él. Sacrificar el propio deseo por el bienestar de una comunidad, hoy, se parece mucho a hablar un idioma extraterrestre. Y tal vez por eso tenga tan buena recepción la película en nuestro presente: ya estamos hartos de lo terrestre.
A los creyentes, la Navidad nos invita a mirar a Dios hecho niño, un Dios que luego nos va a decir que seguir su camino es poner la mirada en los demás. En ese sentido, It’s a Wonderful Life no es una gran (o la mejor) película navideña solo porque transcurre durante la Nochebuena, sino porque encarna y trasmite los valores del Dios que nace ese día.
Desde el momento en que George descubre la desaparición del dinero y habla con Potter, Jimmy Stewart expresa todo el espectro de las emociones posibles y nosotros sufrimos y nos alegramos con él. Cuando está dolido por el daño que desconoce que Potter le hace, desparrama ese dolor sobre las personas que ama y comprendemos que el mal no se contiene, sino que planta raíces que crecen. Tras la revelación del ángel y el aprendizaje de George, vemos que el bien también se desparrama y se multiplica. El conflicto se resuelve, no por arte de magia, sino como consecuencia de lo que George acaba de aprender a valorar.
Una última acotación que quiero hacer es que en Pottersville, el trágico pueblo en el que se convierte Bedford Falls sin George, no tiene, entre otros comercios, un cine. Hoy, cuando no solo peligra el espacio físico del cine, sino la posibilidad de ver películas como las conocemos, resuena todavía más aquel grito de felicidad desesperada: ¡Merry Christmas, movie house!



