
El comienzo de uno de los romances más célebres de Hollywood, la primera actriz en la historia en cobrar un millón de dólares por un solo papel y un rodaje que casi llevó a la quiebra a uno de los más grandes estudios de la industria: estos son solo algunos de los datos detrás de Cleopatra (1963).
Este junio, y a 63 años de su estreno, vale la pena recordar no solo todo lo que rodeó a esta legendaria producción, sino también celebrar a una de las mayores epopeyas del Hollywood clásico y, para muchos, uno de los últimos espectáculos de una era de superproducciones antes de que el Nuevo Hollywood cambiara el cine para siempre.
Érase una vez…
En junio de 1963 se estrenó Cleopatra, la megaproducción de 20th Century Fox dirigida por Joseph L. Mankiewicz y protagonizada por Elizabeth Taylor, Richard Burton y Rex Harrison. La idea nació del productor Walter Wanger (Queen Christina, Joan of Arc), quien llevaba años queriendo realizar una biografía definitiva de la célebre reina egipcia e incluso ya tenía un director en mente: Rouben Mamoulian, con quien ya había colaborado. ¿Lo que nadie previó? Prácticamente todo saldría mal…
Se había elegido Inglaterra para realizar la filmación, pero el característico clima británico hacía imposible recrear el Mediterráneo, los decorados resultaron poco prácticos y para agravar la situación, Elizabeth Taylor enfermó de neumonía, llegando incluso a requerir una traqueotomía de urgencia. El estudio decidió cancelar ese primer rodaje y empezar desde cero en Italia. Allí entró en escena Joseph L. Mankiewicz.
“Mank” no era un director cualquiera: venía de realizar las aclamadas A Letter to Three Wives (1949), All About Eve (1950), Julius Caesar (1953) y The Barefoot Contessa (1954), y su objetivo no era hacer solamente un espectáculo visual, sino un gran drama político centrado en tres legendarias figuras históricas: Cleopatra, Julio César y Marco Antonio.
Inspirada en The Life and Times of Cleopatra, de Carlo Maria Franzero, la película recorre los últimos años del reinado de Cleopatra VII y su compleja relación con dos de las figuras masculinas más influyentes de Roma, dividiéndose en dos grandes actos: uno enfocado en Cleopatra y Julio César (interpretado por Rex Harrison), en el cual Cleopatra busca asegurar su trono y el futuro de Egipto, y otro centrado en la reina y su apasionado romance con Antonio (interpretado por Richard Burton), luego de la muerte de César.
Con más de cuatro horas de duración, la película aspiraba a recuperar la tradición de las grandes epopeyas históricas de Hollywood. Sin embargo, detrás de su impresionante estética, también hubo espacio para intrigas palaciegas y personajes complejos. Esa combinación entre espectáculo y drama político es, precisamente, uno de los rasgos que la hacen brillar entre otras superproducciones de su época.
La actriz del millón de dólares
Es casi imposible no hablar de Cleopatra y el contrato de Elizabeth Taylor. Tras cumplir —no sin cierta resistencia— con Butterfield 8 (1960), la última película de su contrato con la Metro-Goldwyn-Mayer, la actriz quedó finalmente libre del estudio. Cleopatra sería su primer proyecto fuera de la MGM y el comienzo de una nueva etapa en su carrera.
Todos querían a Elizabeth, y para convencerla de interpretar a la legendaria reina egipcia, 20th Century-Fox le ofreció un contrato sin precedentes: un millón de dólares, convirtiéndola en la primera actriz de Hollywood en recibir esa cifra por un solo papel, estableciendo un nuevo estándar en las negociaciones de las grandes estrellas y redefiniendo para siempre el poder de las mujeres de la industria.
Pero el millón de dólares de Taylor fue apenas el comienzo: los constantes retrasos, la cancelación del primer rodaje en Inglaterra, la reconstrucción de los sets en Italia y las interminables reescrituras del guion por parte de Mank hicieron que el presupuesto se disparara hasta convertirla en la película más cara jamás realizada hasta ese momento. Aunque terminó siendo la película más taquillera de 1963, sus costos eran tan elevados que la recaudación inicial no alcanzó para compensarlos, dejando a la 20th Century Fox en una situación financiera crítica.
Un legado que sobrevivió al escándalo
Recordar a Cleopatra siempre incluye rememorar la relación entre Elizabeth Taylor y Richard Burton. Durante el rodaje ambos estaban casados con otras personas, y el inicio de su romance ocupó titulares en todo el mundo. La controversia fue tal que llegó a ser condenada públicamente por líderes políticos y por el propio Vaticano.
Sin embargo, con el paso del tiempo, el escándalo dejó de ser el centro de la conversación y la película comenzó a ser redescubierta por sus propios méritos. Su fastuoso diseño de producción, la fotografía de Leon Shamroy y el extraordinario vestuario de Irene Sharaff —cada uno de ellos reconocidos con el Oscar— dieron forma a una de las recreaciones más deslumbrantes del mundo antiguo que haya visto el cine. Solo Elizabeth Taylor luce 65 cambios de vestuario, entre ellos el mítico vestido confeccionado con láminas de oro de 24 quilates, una muestra de la ambición que definió toda la producción y que justifica por qué más de seis décadas después, la imagen de Taylor en la piel de la reina sigue siendo una de las más reconocibles de la historia del cine.
La interpretación de Taylor también merece una segunda mirada: su Cleopatra no es únicamente una seductora legendaria, es una gobernante inteligente, carismática y plenamente consciente de que el destino de Egipto depende tanto de su capacidad política como de su habilidad para negociar con Roma. Y, para sorpresa de nadie, fue y sigue siendo la representación cinematográfica definitiva de la reina egipcia.
Paradójicamente, pero como suele pasar al transcurrir los años, una película que durante mucho tiempo fue recordada por sus excesos, su presupuesto descomunal y el romance de sus protagonistas terminó encontrando un lugar entre los grandes clásicos épicos de Hollywood. Cleopatra no solo cambió la historia de una industria; también fue responsable de consolidar para siempre el mito cinematográfico de Elizabeth Taylor.




