His Girl Friday (1940) – Howard Hawks

La vocación y la verdad en una mujer según Hawks

Probablemente seamos muchos los que hayamos caído en His Girl Friday por Cary Grant o por la cámara y el pulso de Howard Hawks, pero déjenme decirles algo: la película es Rosalind Russell. Todo recae en su altura, su porte, su ritmo, su elegancia y su habilidad. Ella es lo que hace de esta película una comedia eterna.

Acá Rosalind encarna a la reportera Hildy Johnson, que hace su entrada al diario The Front Page para encontrarse con su exmarido y editor, Walter Burns, interpretado nada más y nada menos que por Cary Grant. Ahí comienza el juego, donde se puede apreciar no solo la destreza de Rosalind sino la santísima trinidad de la comedia screwball: actuaciones con química, diálogos punzantes que suenan como una orquesta y una coreografía de movimientos que solo una gran puesta en escena puede lograr. Bastan unos minutos para que toda esta dinámica se despliegue y Hildy comience a sentirse tentada por eso que alguna vez tuvo y que la presión social le quitó: esa pulsión pasional de amar lo que uno hace, ese suero vital que es amar la propia profesión.

Pero del otro lado de esa oficina la espera el futuro que una mujer “debería” tener: un futuro marido llamado Bruce que la admira, la mira, quiere formar una familia y, además, es “hijo de mamá”. ¿Y quién mejor para darle vida a ese personaje que Ralph Bellamy? Ya lo habíamos visto en The Awful Truth con esa presencia de bonachón entrañable. Aquí vuelve a ser la contracara de Cary Grant y se arma esa triangulación tan característica, y tan divertida, que supieron ofrecer las comedias screwball.

Hildy y su futuro marido deben tomar el tren hacia Albany a las cuatro de la tarde, pero a su exmarido le basta un encarcelado inocente para lograr que Hildy posponga ese viaje y lo cambie por el tren de la noche, todo por una primicia. Y ahí aparece con claridad aquello que Hawks tanto amaba filmar: un personaje trabajando. La cámara se transforma en un vehículo que exhibe con realismo y pasión esa profesión en cuestión. Hildy entra a la sala de prensa, una jungla de hombres aburridos y timberos, como un ave que sabe exactamente dónde anidar. Con su inteligencia y su verborragia, no suelta la máquina de escribir porque entiende que la primicia es como una lombriz: aparece rápido, ligera y hay que atraparla. La vemos capaz de todo: entrar a una cárcel, interrogar al hombre sentenciado, correr como una gacela, ¡hasta con tacones!, para encontrar la verdad.

En esa búsqueda, casi que Cary no aparece. Está del otro lado del teléfono, sabiendo muy bien de qué es capaz ese animal de la jungla. Él sabe que el periodismo corre por las venas de Hildy, que no puede entregarse así como así. Ella nació para el olor a papel recién impreso, para la adrenalina de una noticia que se escapa, para coquetear con las preguntas, para reportar la verdad.

Hacia el final, la película revela su autenticidad y deja en claro que esta historia nunca se trató de un re-matrimonio, ni de la triangulación entre Hildy, Walter y Bruce sino más bien, una entre Hildy, su vocación y la promesa de una “vida normal”. 

En toda esa orquesta tan divertida y a la vez profunda que teje Hawks de cómo laten los medios, está Hildy que vuelve a Walter pero que escapa al sentimentalismo, porque en verdad regresa a su identidad, a su verdad más profunda: la de hacer y amar su trabajo.

  • Foto de perfil de Mery Linares

    Soy una humilde amante del cine clásico de Hollywood. Cada vez que veo una película de esa época, la historia revive y, con ella, también yo. Defiendo a los musicales con el alma porque, como decía Gene, ahí se bailan sueños. Con el cine de antes mi corazón siempre encuentra su ritmo y acá, como redactora de Edición Sunset, espero que encuentren el suyo.

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