
Este marzo volvemos a sumergirnos en un nuevo Detrás de cámara, la sección especial de esta edición donde ponemos el foco en quienes le dan forma a las películas que tanto adoramos. Esta vez, el recorrido nos lleva a la vida y filmografía del director, productor, guionista y editor inglés David Lean (1908–1991).
Considerado una de las figuras más importantes del cine británico, se le recuerda sobre todo por adaptar las obras de Charles Dickens y Noël Coward, y por sus grandes épicas históricas como The Bridge on the River Kwai (1957), Lawrence of Arabia (1962), Doctor Zhivago (1965), Ryan’s Daughter (1970), y A Passage to India (1984).
De “teaboy” a mejor editor de Reino Unido
Aclamado por directores como Steven Spielberg y Stanley Kubrick, y nominado en siete ocasiones al Oscar a Mejor Director —galardón que obtuvo por The Bridge on the River Kwai y Lawrence of Arabia—, David Lean no vio una película hasta los 17 años. En 1928, con apenas 20, ingresó a los estudios Gaumont British, iniciando una carrera que, hacia finales de los años 30, ya lo encontraba consagrado como el mejor —y mejor pagado— editor del cine británico.
En 1942 comenzaría su colaboración con el dramaturgo Noël Coward, con quien codirigió In Which We Serve (1942). El éxito del film permitió la creación de Cineguild, una productora encabezada por Lean junto a Coward, el productor Anthony Havelock-Allan y el director y director de fotografía Ronald Neame. Sus primeras producciones —tres adaptaciones de obras teatrales de Coward— marcaron el inicio de Lean como director en solitario: This Happy Breed (1944), la comedia sobrenatural Blithe Spirit (1945) y el melodrama romántico Brief Encounter (1945), considerada una obra maestra y la primera en explorar uno de los temas centrales de su cine: el conflicto entre las obsesiones privadas y las apariencias sociales.
Siguieron las adaptaciones
Lean continuaría su filmografía como director de la mano de dos clásicos de Charles Dickens: Great Expectations (1946), que obtuvo nominaciones al Oscar a mejor director, mejor película y mejor guion que, dicho sea de paso, sigue siendo considerada por muchos como la mejor adaptación cinematográfica de una novela de Dickens; y Oliver Twist (1948), otro filme que también gozaría de gran prestigio. Dos años después del estreno de esta última, Cineguild se disolvería y el director comenzaría a trabajar para el productor británico Alexander Korda en los estudios Shepperton.
Para finales de los años 40 y principios de los 50, David Lean dirigiría una serie de películas —The Passionate Friends (1949), Madeleine (1950), The Sound Barrier (1952), Hobson’s Choice (1954) y Summertime (1955)— que, lejos de la grandilocuencia que definiría su etapa posterior, exploran conflictos íntimos, tensiones románticas y dilemas morales con una sensibilidad única. Y si bien suelen quedar eclipsadas por sus épicas posteriores, estas obras permiten ver a un Lean profundamente interesado en la psicología de sus personajes y en la precisión narrativa, anticipando muchos de los temas que luego escalaría a dimensiones monumentales.
David Lean: sinónimo de épico
El director tocaría nuevamente la cúspide con el drama sobre prisioneros de guerra The Bridge on the River Kwai (1957), una película atravesada por batallas psicológicas de voluntades y secuencias de una intensidad arrolladora. Por ella ganaría siete premios Oscar, incluyendo mejor película y el primero como mejor director. Su éxito marcaría un punto de inflexión definitivo: a partir de entonces, su cine se expandiría en escala, ambición y duración, consolidando un estilo que lo volvería inconfundible.
Le seguirían algunas de las superproducciones más emblemáticas de la historia del cine: Lawrence of Arabia (1962), una odisea tan íntima como colosal sobre identidad y poder, ambientada en la inmensidad del desierto árabe; Doctor Zhivago (1965), donde el romance se entrelaza con la Revolución Rusa y sus paisajes nevados; y Ryan’s Daughter (1970), situada en la costa irlandesa, quizás su obra más divisiva, pero también una de las más visualmente deslumbrantes. En todas ellas —como ya insinuaban el sudeste asiático de River Kwai o la Venecia de Summertime—, los escenarios exóticos y remotos no funcionan solo como escenario, sino como una marca autoral: lugares de una belleza imponente se repiten una y otra vez, volviéndose tan imprescindibles como los protagonistas de cada historia.
Tras una prolongada pausa en su carrera como director —catorce años, para ser exactos—, David Lean regresaría con A Passage to India (1984), su última película, en la que retoma con la madurez de toda una vida sus obsesiones por los choques culturales y las tensiones humanas, ambientadas en una India atravesada por las complejidades e injusticias del colonialismo británico.
Entre lo psicológico y lo monumental, lo íntimo y lo épico, construyó una filmografía de apenas dieciséis películas en total. No es una obra extensa en comparación a otros pares, pero sí extraordinariamente curada.
Este marzo vale la pena recordar que su legado no reside únicamente en la espectacularidad de sus imágenes —tan instaladas en el imaginario colectivo que incluso quienes no hayan visto sus películas las reconocen—: el horizonte infinito del desierto y la figura solitaria en Lawrence of Arabia, el tren abriéndose paso entre la nieve en Doctor Zhivago o el puente estallando en The Bridge on the River Kwai. Porque si bien son imágenes de una belleza imponente, inolvidables, nunca están vacías: en ellas, Lean siempre encontró un pulso humano, una quiebre, una emoción que se queda con el espectador mucho después de los créditos…




