
Noirvember también puede celebrarse desde territorio argentino, ya que las décadas del 40 y 50 en nuestro país nos dieron unos ejemplares ilustres del género. No abras nunca esa puerta nos trae dos adaptaciones de William Irish (Alguien al teléfono y El pájaro cantor vuelve al hogar) en un mismo film, que se estrenó poco después de Si muero antes de depertar, otra adaptación del autor dirigida por Christensen.
La película comienza con una frase que nos indica la metáfora que atraviesa y une a las historias que estamos por ver:
El Bien es tu casa iluminada. El Mal es tu selva oscura. Solo una puerta los separa, pero si la cruzas, dos manos te apresarán: la angustia y el dolor. ¡No abras nunca esa puerta!
La primera —la angustia— es un relato corto en el que de algunos retazos de diálogos e imágenes deducimos, junto al protagonista, que su hermana debe mucha plata por el juego. La gran mayoría del tiempo, los espectadores estamos como Ángel Magaña, sin comprender del todo qué sucede, pero atando cabos. De pronto, se teje en el protagonista una venganza y creemos finalmente entender, pero en el final descubrimos que había algo más allá. La ausencia de información es el fuerte de esta historia y es la base de la tragedia final.
La segunda —el dolor— tiene más metraje para la construcción de la trama, por lo que tenemos más tiempo para conocer a los personajes. Aquí se representa a la perfección la idea de que el bien es tu casa iluminada. Ingresamos en un hogar de una señora ciega —interpretada magistralmente por Ilde Pirovano— que espera el regreso de su hijo, a quien le gustaba mucho la música y que nunca ha escrito. Mientras tanto, en la ciudad, un delincuente con cicatriz —Roberto Escalada— asalta un comercio mientras silba el tango Uno. Las vidas de ambos se cruzan cuando el pájaro cantor vuelve al hogar, pero el hijo ya no es quien su madre esperaba.
De esta historia se nos dice al comienzo que se cuenta a través del tacto y del oído, pero que se hará un esfuerzo por contarla de manera visual. Desde el inicio, se nos propone como un planteo casi imposible para el cine, pero Christensen lo hace posible. Durante toda la historia estamos pendientes de aquellos pequeños detalles que son sonoros y no visuales, como el silbido del hijo. Cerca del desenlace, la cámara y la actriz construyen una maravillosa escena de casi puro silencio, planeada oscuridad y el más alto suspenso. Allí se nos hace visualmente evidente que ella puede ver a través del tacto y del oído, y casi que podemos tocar los muebles y escuchar los detalles con ella.
Ambas historias juegan con lo que parece ser claro pero en realidad es oscuro. Christensen logra en los dos relatos ubicarnos, a través del preciso manejo de las luces, de dramáticos primeros planos y de intencionales movimientos de cámara, desde el punto de vista de los protagonistas: en el primero, del de aquel hombre que cruza la puerta del mal para vengar a su hermana sin saber lo que hace; en el segundo, del de una madre que espera hasta el final que su hijo vuelva a casa.



