Desert Fury (1947) – Lewis Allen

Dos hombres llegan a un pueblo, pasando un puente en el que aún se ven las marcas de un accidente. El paisaje es desértico, casi opresivo, parece respirar el aire seco del pasado. Tanto así que dan ganas de tomarse unas cervezas bien frías.

Así arranca “Desert Fury”, uno de los experimentos más atípicos e interesantes del cine negro. Sí, de verdad. Aunque seguramente no sea tan conocida como, por ejemplo, Leave Her to Heaven (1945), esta película también le apostó al color para mostrar que se puede hacer este tipo de cine muy lejos de las sombras y los tonos grises. La fotografía de Charles Lang y Edward Cronjager, con un Technicolor absolutamente intenso (dirigido por Natalie Kalmus, cual maestra de ceremonias del arco iris) pinta un universo vistoso y casi extravagante que, aunque se disfrace con colores brillantes, es puro cine negro, porque nos recuerda que la oscuridad es algo que llevamos con nosotros a toda hora. La tierra roja y el cielo azul crean una paleta exuberante que quita el aliento y compone el entorno casi erótico de un paisaje que no es lo suficientemente grande para contener a los personajes. Y el vestuario, diseñado por Edith Head, termina de armar la psicología cromática de un extraño mundo que no se molesta en esconderse: las relaciones tóxicas y casi fetichistas, la pasión y el deseo sin nombre que no se expresa con palabras sino con acciones, y ese puente que no lleva a ningún lado. O, si lo hace, tal vez sea al destino más noir de todos: uno mismo.

El guion, de Robert Rossen y A. I. Bezzerides, también se corre de los lugares comunes del género para contar una historia que tiene lugar no en una gran ciudad sino en el pequeño pueblo de Chuckawalla. Pronto veremos que está lleno de secretos y traiciones, y que la negrura no la encontramos en el paisaje sino en los personajes y en sus relaciones, tanto entre todos ellos como con sí mismos. Jugando con la clásica dualidad del «pueblo chico, infierno grande», aún bajo el sol del lugar más tranquilo se puede esconder lo más siniestro y lo más oscuro.

Y aquí se empezarán a cruzar el pasado con el presente. Pronto conoceremos a Paula Haller (Lizabeth Scott), una joven algo rebelde que vuelve al pueblo para hacer una pausa y encontrarse a sí misma, cortando el vínculo casi tóxico con su madre Fritzi (Mary Astor), quién regentea un exitoso casino y es básicamente la dueña y señora del pueblo. También aparece Tom Hanson (Burt Lancaster), un hombre honesto (quizás el único en el pueblo), que es el ayudante del sheriff y está enamorado de Paula. Y no nos olvidemos de los muchachos: Eddie Bendix (John Hodiak), un jugador que tiene bastante historia con Fritzi, y su secuaz Johnny Ryan (Wendell Corey), quienes después de tomarse esas cervecitas, buscarán hacer negocios, inevitablemente algo turbios y oscuros.

En esta historia, nadie parece encontrar su camino ni ser lo que aparenta, quizás porque, en el fondo, nadie es quien quiere ser. Fritzi quiere que Paula sea aceptada por los vecinos del pueblo, y para eso llega al punto de sobornar a Tom para que se case con Paula. Tom quiere a Paula, pero sinceramente y no por obligación. Y Paula busca su independencia. Cuando conoce a Eddie, en él ve algo desconocido y excitante que parece ofrecerle la posibilidad de elegir algo por sí misma y de distanciarse de lo que su madre y el mundo esperan de ella. Y Eddie, con la excusa de pasar una temporada en el desierto, busca algo propio, un lugar donde nadie quiere nada de él. Pero, tal cómo lo expresa Fritzi, todo lo que uno quiere de verdad cuesta mucho, y nada resultará fácil.

Una de las cosas más interesantes de esta película es que es dominada no por sus personajes principales sino por aquellos que entre telones dirigen la acción, y que además parecen dar vuelta varios estereotipos. Fritzi es una mujer «masculina» en su forma de vestir, hacer, negociar; todo lo resuelve con dinero, y así marca las reglas y el pulso del pueblo. Es dura, implacable, pero en el fondo la mueve el amor. A Johnny, de alguna manera, también, y la narrativa así lo muestra, dándole una estructura de triángulo amoroso a los cruces entre él, Eddie y Paula, y sugiriendo un vínculo que es criminal pero también muy personal. En el rancho a las afueras del pueblo, donde se están alojando, Johnny ocupa un rol que se asemeja menos al de un secuaz y más al de una esposa: realiza las tareas domésticas para Eddie, lo cuida, lo aconseja, y hasta parece compartir su habitación. «Hemos estado juntos mucho tiempo»: así se lo cuenta Eddie a Paula, sin vueltas y sin vergüenza.

A pesar de todo, Paula y Eddie pretenden irse juntos del pueblo, pero ese amor obsesivo y controlador, opresivo y pesado como la calma antes de la tormenta llegará a una encrucijada y esperará el momento justo, cómo siempre dicta el cine negro, para explotar. Es cuestión de tiempo.

Finalmente, en ese café al costado de la ruta, camino a Las Vegas, la máscara se cae. En una revelación casi perversa, lo inquietante, lo patético y lo mortal se juntan en la mirada fría e inesquivable de quien mata (y ama) desde las sombras, y Paula descubre que Eddie, ese hombre que ella deseaba, era una cáscara vacía. El color híper saturado, casi como una pesadilla que no se esfuma del todo al despertar, hace delirar y pinta un paisaje que invita a perderse a quienes, de alguna manera, ya están perdidos, y en ese puente inescapable que espera hace años, allí se cierra esta historia. Así, dos vidas enredadas (tanto que no se sabe dónde una empieza y la otra termina) no pueden ir muy lejos la una sin la otra, tienen que irse juntas, en una simbiosis de sangre, hasta el final.

Algún día, arreglarán ese puente, pero otras cosas jamás se arreglarán. Después de todo lo que ha pasado, y de descubrir que el otro no es quien uno creía, ¿qué queda? Para Paula, aparentemente, crecer y madurar. Hemos visto, junto a ella, un amor que se parecía mucho a la violencia. Ahora la veremos descubrir que puede ser alguien más que «la hija del pecado», y elegir un destino seguro, donde su rebeldía parece casi desaparecer. Pero tal vez la reconciliación con su madre y el futuro con Tom solo sean posibles con una oportunidad de escape, por más pequeña que sea, y por suerte todavía quedan la fuerza y el color del paisaje y el camino abierto, que quizás ayuden a Paula a descubrirse a sí misma por fin. Porque a veces, el destino está, como ella misma lo ha expresado, «sola en el desierto, con la artemisa y el cielo», en ese lugar que invita a perderse, sí, pero también a encontrarse. Si ven esta película y se convencen de que es un clásico perdido, me deben una cerveza.

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