The Best Years of Our Lives (1946) – William Wyler

Póster de The Best Years of Our Lives

¡Dime cómo regresar!

Resulta curioso y profundamente revelador que una de las películas más celebradas de la historia del cine, consagrada por la crítica y los manuales, y además atravesada por la Segunda Guerra Mundial, prescinda por completo de la espectacularidad que hoy asociamos al cine bélico. Los mejores años de nuestra vida no tiene grandes batallas, ni heroísmos estruendosos, ni gestas épicas y, sin embargo, pocas películas han hablado de la guerra con tanta verdad. Acá William Wyler entiende que el verdadero campo de batalla comienza después: en el regreso, en las secuelas invisibles, en la dificultad de volver a casa cuando, en el fondo, se trata siempre de volver a uno mismo.

Wyler elige una entrada lateral y profundamente humana: lo doméstico, la comunidad, los vínculos. Desde allí construye un relato que avanza hacia lo íntimo, hacia lo psicológico, con un pulso autoral que atraviesa toda su filmografía. No importa el género que abordara, Wyler siempre sabía cómo filmar el interior de sus personajes, cómo traducir sus conflictos emocionales en composición, encuadres y un uso expresivo del espacio.

La película sigue a tres veteranos que regresan a la vida civil. El primero es Al Stephenson, interpretado por un magnífico Fredric March. A través de él asistimos al reencuentro con una familia que ya no es la misma: hijos que crecieron sin su padre, una distancia que no es solo temporal ni geográfica, sino emocional y, sobre todo, el reencuentro con su esposa, encarnada por una extraordinaria Myrna Loy. Aquí Wyler desplaza el eje: no se trata únicamente del veterano que vuelve, sino también de quienes esperaron. En una escena clave, cuando Al abraza a su mujer, la cámara se acerca al rostro de Loy: la luz se posa en sus ojos y deja ver el desgaste silencioso de la espera, la incertidumbre, la pregunta de cómo volver a encontrarse. Wyler incluso introduce humor en ese regreso como cuando Al recorre la casa, se mira al espejo, recuerda la puerta del dormitorio, preguntándose si siempre hubo un baño ahí, como si el hogar fuera, de pronto, un territorio extraño que necesita ser redescubierto.

La segunda línea narrativa pertenece a Fred Derry, interpretado por Dana Andrews, y quizá sea la más áspera y para mí, la más interesante. Acá Wyler se detiene en un matrimonio joven que ya no encaja. Fred regresa a casa y su esposa no está: trabaja de noche, gana más dinero que él como showgirl, y esa inversión de roles tensiona un vínculo ya frágil. La guerra no sólo quedó atrás; también quedó atrás la juventud, la ilusión compartida, la idea de futuro. Fred carga, además, con un trauma profundo que se manifiesta en sus pesadillas: primeros planos de su rostro durante el sueño nos permiten ver cuánto ha calado la experiencia bélica en su interior. A eso se suma la humillación cotidiana de no encontrar trabajo, o encontrarlo solo como empleado de una tienda de regalos, y el desprecio abierto de su esposa.

Pero en esta línea también aparece la luz. Peggy, la hija de Al, encarna una posibilidad distinta. Su dulzura, su paciencia, su empatía funcionan como un refugio para Fred. Ella lo escucha, lo comprende, lo mira sin juzgar. Entre ellos nace una historia que no es solo romántica, sino profundamente ética: la idea de que algunos matrimonios ya no pueden sostenerse y que el divorcio, en ciertos casos, no es un fracaso sino una salida honesta. El final de Fred y Peggy no es ingenuo, es esperanzador, especialmente para una generación joven que aún tiene la vida por delante.

El tercer hilo narrativo es el más devastador. Homer Parrish, un marinero que perdió ambas manos en la guerra, es interpretado por Harold Russell, quien sufrió en la vida real esa amputación. Esta decisión impregna a la película de un realismo conmovedor y casi inaguantable. Cada gesto, cada línea que pronuncia Homer parece brotar directamente de su interior. Su historia nos enfrenta a una dificultad doble: aprender a vivir en un mundo que mira con lástima, incluso cuando ese mundo es la propia familia o la mujer que ama y sostener la dignidad en medio de la pérdida. A través de Homer, la película también deja filtrar una pregunta incómoda que comenzaba a resonar en la sociedad estadounidense de posguerra: ¿valió la pena? ¿Qué quedó después del sacrificio? Aun así, Homer conserva algo esencial como el orgullo de haber creído en una causa, aunque el precio haya sido inmenso.

Los mejores años de nuestra vida es en definitiva una oda a la amistad como ancla y como espejo. En el vínculo entre estos tres hombres, basta con decir “estuve en la guerra” para que el otro comprenda, y así se construye un espacio de reconocimiento mutuo donde los fantasmas pueden ser nombrados. Wyler filma ese después con una delicadeza extraordinaria, sin juicios ni grandilocuencias, confiando en los gestos mínimos, en las miradas, en los silencios. Esa comprensión silenciosa, esa comunidad del dolor y del afecto, es lo que vuelve a la película inmortal. Como en todas las grandes películas, aquí habita una verdad profunda: volver implica valentía, pero también fragilidad; implica animarse a atravesar el camino más difícil de todos, el que conduce de regreso a uno mismo.

  • Foto de perfil de Mery Linares

    Soy una humilde amante del cine clásico de Hollywood. Cada vez que veo una película de esa época, la historia revive y, con ella, también yo. Defiendo a los musicales con el alma porque, como decía Gene, ahí se bailan sueños. Con el cine de antes mi corazón siempre encuentra su ritmo y acá, como redactora de Edición Sunset, espero que encuentren el suyo.

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